ECONOMÍA RACIONAL - EL HALLESISMO- Ing. Nicolás MANETTI CUSA

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    EL GOBIERNO ECONÓMICO MUNDIAL

La Fundación Universal Hallesint representa el Gobierno Económico Mundial y su estatuto es su Constitución.

Esta verdad es consecuencia lógica y directa de las conclusiones de la Economía Racional; sin embargo, es muy oportuno ponerla en mayor evidencia y realce, a través de una detenida justificación, pues se trata de una afirmación de gran alcance y que está en contraste con muchas ideas corrientes.

Los que no conocen el mecanismo de la Fundación, no admiten que sea posible hoy constituir un Gobierno Económico Mundial, y por lo tanto no quieren molestarse en el estudio de la solución Hallesista, aun cuando, sin estudiarla no pueden entender nunca nuestra demostración. Y cuando llega a escucharnos y ellos resultan vencidos, aun así no se declaran convencidos, y nos miran como se mira al prestidigitador que ha sacad un conejo de una galera.

Nadie puede negar la realidad del conejo, y sin embargo, si mañana alguien necesitara un conejo ¡no iría nunca a pedírselo al prestidigitador!

Pero nuestra situación es peor, porque no se trata de un conejo ¡sino de un león!

En cambio, los que conocen por lo menos el Estatuto de la Fundación, pueden con facilidad reconocer en la Fundación al Gobierno Económico Mundial.

Para facilitar esta comprensión, vamos a participar idealmente del funcionamiento de la Fundación, tal cual lo prevé el estatuto, ya en su fase inicial, ya en su desarrollo normal, ya en su acción transformadora de la economía mundial, hasta deducir, en fin, su verdadera función de Gobierno Económico Mundial.

Consideremos la actividad inicial de la Fundación.

Las Sedes Nacionales han recibido de la Sede Central los cheques y los bonos, en moneda Hallis, y han fijado la cotización del Hallis en moneda nacional –art.6- y la tasa de interés de los bonos –art.5-.

Los cheques, son ofrecidos a todos, pero ellos interesan en manera especial a los importadores, que los pagarán en su moneda nacional, mientras serán reembolsados a los exportadores extranjeros, de parte de cualquier Sede Nacional en la moneda respectiva.

Los bonos también son ofrecidos a todos, pero ellos interesan en manera especial a los ahorristas que los pagarán en su moneda nacional y en cualquier momento podrán pedir el reembolso en la misma moneda al cambio del día con los intereses acumulado.

Después de cierto tiempo no todos los cheques y bonos se encontrarán en las mismas naciones, donde han sido vendidos; la razón es que, han circulado mundialmente.

Examinemos esta circulación.

Los importadores han aprovechado los cheques para comprar en el extranjero, lo que no podrían, comprar antes, por falta de divisas.

La expresión falta de divisas merece una ilustración. Por ejemplo: la falta de dólares en un país no significa que en aquel país no se puedan comprar dólares, sino que el precio de los dólares en el mercado libre es mayor del que el gobierno ha fijado a su parecer. Ahora bien los cheques Hallesint dan en cambio, la posibilidad de pagar las importaciones desde Estados Unidos en aquel país, con una moneda que sustituya a los dólares, sin alterar la balanza de pagos entre las dos naciones. ¿Es éste un milagro? ¡No! En efecto, la Sede Nacional de aquel país tendrá que invertir el dinero pagado por los importadores, -compradores de los cheques- adquiriendo en la bolsa Títulos de Empresas nacionales, de manera que se ha dado a los cheques vendidos, una garantía real sobre las empresas nacionales. Y esta es también una garantía solidaria con la garantía que ofrecen los cheques vendidos por las Sedes Nacionales de todas las otras naciones.

Por lo tanto vemos solucionado aquí el problema de la falta de divisas que hoy aflige a muchas naciones del mundo, y alarmaría a Europa, por completo, no bien Estados Unidos suspendiera las ayudas del Plan Marshall y sus derivados.

Sin embargo ¡hay algo más!

Los cheques que han sido enviados desde una nación a los exportadores extranjeros, tienen suerte diferente entre sí.

Una masa de estos cheques corresponde en cada nación a la balanza de pagos con el extranjero, y por lo tanto tendrán que compensarse con otros cheques provenientes del extranjero y por igual importe en su conjunto.

En realidad estos cheques podrán evitar el viaje en su actuación material; es decir, podrán compensase entre sí, contablemente, a través de los bancos de todas las naciones del mundo, por medio del correo o del telégrafo; de manera que los bancos de todo el mundo podrían hasta evitar comprar los cheques, y, en cambio, hacer entre sí las cuentas en clearing, lo que nos lleva a dos conclusiones de extraordinario alcance.

Ante todo vemos reaparecer el clearing –internacional y no bilateral- de ante guerra, hoy inexistente, que todos evocan con añoranzas de un paraíso perdido.

Y sobre todo vemos al cheque Hallesint hacerse expresión monetaria del Hallis, y revelar por esto su naturaleza de moneda mundial.

No se necesita insistir sobre la importancia de esta revelación.

Sin embargo ¡hay algo más!

La otra masa de cheques, es decir la que no pertenece a la balanza de pagos, corresponde a un excedente de importación por parte de unas naciones, y, al mismo tiempo a un excedente de exportación por parte de otras naciones.

Las naciones exportadoras podrán guardar los cheques recibidos, como ahora guardan el oro, porque tendrán que darse cuenta de que los cheques Hallesint son aún preferibles al oro.

En efecto no sólo no necesitan tan enormes gastos para su conservación material, no sólo se pueden transferir con extrema facilidad, etcétera, sino que, en sentido monetario, son mucho más racionales.

En realidad el oro, aparte del peligro, de descubrimientos atómicos, o mineros que harían bajar su valor mundial, nunca ha tenido en la historia un poder de compra constante, y mientras que en los últimos siglos ha perdido valor frente al aumento enorme de su producción, ahora, por su artificial paridad con el dólar, tiene en Estados Unidos un valor monetario inferior a su real valor mercantil.

El Hallis, en cambio, relacionado a todas las monedas del mundo, ofrece una estabilidad casi absoluta.

En efecto, mientras la moneda de una ancón cualquiera puede bajar en su valor de cambio –en el mercado mundial de las divisas- el valor mundial del Hallis no bajará: aumentará la cotización del Hallis en aquella nación cuyo valor de cambio baja, y nada más.

Por lo tanto surge la evidencia de que el Hallis es una moneda, no sólo mundial, sino muy preferible al oro, por su estabilidad, y también porque, como es evidente, logra sustraerse a monopolios y a hegemonías monetarias.

¿Quién no ve el trascendental alcance de todo eso?

Y sin embargo ¡hay algo más!

La circulación de los cheques, como hemos visto, hace adelantar mucho el intercambio mundial, y ofrece una firmeza monetaria hoy no sospechada.

Con todo, se llegará a una nueva posición de equilibrio, en la cual habrá también –como antes- naciones que quieren exportar más de lo que importan –exportadoras- y naciones que quieren importar más de lo que exportan –importadoras-.

En efecto, es verdad que la moneda Hallis hace posible muchos intercambios que por falta de divisas no se podían efectuar, pero, si una nación quiere importar aún más, y no puede ofrecer nada en cambio –a precios internacionales se sobreentiende- ni tampoco cheques por haber gastado toda su disponibilidad –art.5- ¿qué hará?

La Fundación interviene; y por medio, no ya de los cheques, sino de los bonos, triunfa sobre todo obstáculo, y ofrece la solución más simple y satisfactoria que nunca nadie podría haber imaginado.

Los bonos Hallesint son títulos de ahorro y todos los ahorristas del mundo tendrían que considerarlos.

Es previsible que la tasa de interés de los bonos, que es variable de unas o otras de las Sedes Nacionales será muy reducida; acaso oscilará entre el 0,50% y el 1%, no más.

Los ahorristas piden –en verdad- un interés, el más elevado posible pero, sobre todo, piden la seguridad de su ahorro, y los que toman esa precaución en forma sobresaliente, no hay duda de que adquirirán los bonos.

Muchos pensarán sin duda, que los bonos implican una peligrosa competencia a los otros títulos de ahorro, que se poseen en cada nación.

¡Nada resulta más equivocado!

El artículo 5 del estatuto precisa que cada Sede Nacional tiene que invertir en títulos de empresas nacionales comprados en las bolsas –y también de los cheques- , esto es: el dinero de la venta de los bonos –y también el de la venta de los cheques- vuelve, al fin, a la bolsa para comprar los títulos nacionales.

No hay competencia; hay un cambio, un seguro automático en el sentido de que, el ahorrista, que compra un bono no sigue la suerte de un título particular, sino que por un lado garantiza su dinero, y por otro lado goza del derecho de pedir en cualquier momento el reembolso en moneda Hallis, además de los intereses acumulados.

Cabe notar aún que los títulos adquiridos por la Sede Nacional y que constituyen el Fondo de Garantía de los cheques y los bonos no pueden ser vendidos nunca; lo que da gran estabilidad a las bolsas de cada nación. Y en fin el hecho de que las Sedes Nacionales puedan adquirir hasta el 30% de cada serie de títulos tiene un gran alcance en el clima moral de las sociedades accionarias; pues si en una empresa hay el peligro de atropello de parte de un grupo de accionistas, la minoría, siempre que posea más del 20% de las acciones, podrá junto con el 30% de las Sedes Nacionales enfrentar al grupo prepotente.

Todos entienden el vasto alcance de todo esto.

Y sin embargo ¡hay algo más!

Las naciones exportadoras, después de recibir los cheques, en compensación de las exportaciones sobresalientes a la balanza de pagos, pueden guardar los cheques recibidos, y hemos visto que justamente los consideran preferibles al oro mismo.

Sin embargo, muchos exportadores pedirán el reembolso a la respectiva Sede Nacional que cobrará los cheques, pero tendrá que pagarlos en moneda nacional.

Y ¿de dónde sacará la Sede Nacional esta moneda nacional? ¡No por cierto vendiendo los cheques, porque se trata de una nación exportadora, es decir, que no pide cheques, porque no quiere comprar más en el extranjero! Y prefiere ahorrar.

La Sede Nacional tendrá que ofrecer sus bonos fructíferos a los ahorristas, cobrando en cambio los cheques infructíferos. Los bonos son expresados en Hallis como los cheques y también son reembolsados a la vista, además producen un interés, aunque sea muy reducido –acaso ½%-.

Los ahorristas por lo tanto los aceptarán sin duda, en cambio de los cheques; pero la Sede Nacional ¿cómo pagará los intereses?

De una manera muy sencilla, que aparte hemos ilustrado con una gráfica; comprando con los cheques recibidos, los bonos, de las Sedes Nacionales de las naciones importadoras, que, para conseguir justamente aquellos cheques ofrecerán un interés más elevado –acaso 1%-.

Todos quedan satisfechos: los exportadores ahorristas porque poseen un título reembolsable a la vista, -en moneda nacional- garantizado en moneda mundial y produciendo un interés; las Sedes Nacionales exportadoras que aprovecharán las diferencias de las dos tasas de interés de los Bonos –acaso 1%-1/2%= ½%- las naciones importadoras que tendrán la disponibilidad de una masa de cheques, igual a la masa de bonos entregados, en fin, las respectivas Sedes Nacionales que podrán invertir el dinero cobrado por la venta de estos cheques, en títulos nacionales que dan intereses más elevados.

Además estos cheques podrán volver otra vez a las naciones exportadoras transformando la sobreproducción de unas naciones en bienes productivos de otras naciones, es decir, como hemos visto ya, logrando el extraordinario éxito de financiar las naciones que tienen recursos futuros y carecen de capitales.

Y sin embargo ¡hay algo más!

En realidad, la operación que hemos ilustrado ahora puede efectuarse entre cualquier dúo de naciones exportadoras e importadoras, lo que demuestra que se realiza un verdadero mercado mundial de los bonos en el cual las Sedes Nacionales exportadoras pedirán los bonos que dan intereses más elevados, mientras las Sedes Nacionales importadoras buscarán tasas de interés más reducido.

Pero todas estas Sedes Nacionales están interesadas, antes bien obligadas a llegar al intercambio: las primeras Sedes Nacionales exportadoras porque carecen de monedas y no disponen sino de cheques, con los cuales, no pueden comprar títulos nacionales y tienen que comprar bonos de las otras Sedes Nacionales; mientras las segundas –importadoras- no pueden conseguir los cheques que les faltan más que ofreciendo sus bonos, pues las respectivas naciones no tienen más bienes presente para exportar.

Este mercado mundial que hace permutar los símbolos de los bienes presentes con los símbolos de los bienes futuros es algo que hoy parece casi increíble y que no obstante ¡la Fundación realiza en forma tan sencilla!

Y sin embargo ¡hay algo más!

Esta competencia mundial entre las Sedes Nacionales de las naciones exportadoras, que ofrecen cheques y piden bonos, tiene como consecuencia, que las tasas de interés, en la financiación internacional bajarán en medida muy notable, y aún más por ser estos símbolos expresados en Hallis, es decir, en una moneda que no puede devaluarse.

Y esta baja internacional de interés se reflejará, naturalmente, en el interior de las naciones, entonos los préstamos en Hallis.

Aunque este alcance triunfal de la Fundación nos asombre, no por eso es menos verdadero.

Y nos asombra precisamente porque cualquiera que conozca la importancia de la tasa de interés en el desarrollo de la economía entiende de golpe lo que hemos conseguido.

Turgot parangonaba la tasa de interés con el nivel de las aguas que hubieran invadido la tierra firme; a medida que el nivel baja, surgen nuevas tierras y crece nuestra riqueza.

Esta imagen dice todo ¿Cuántas empresas hoy no pueden realizarse, porque los intereses absorberían las utilidades?

¡Y cuántas nuevas empresas surgirán sólo por esta intervención de la Fundación que hace bajar la tasa de interés!

Sin una empresa que hoy paga el 6% por interés al capital, baja esta tasa al 2% ¡puede disponer de un capital triple sin gastar nada más!

¿Quién no juraría que este éxito es un milagro?

Y sin embargo ¡hay algo más!

La financiación de que ahora hemos hablado tiene también una característica muy rara.

En efecto, aunque en medida muy reducida, hoy también encontramos préstamos internacionales, pero, además de la altura de las tasas de interés, notamos pronto que estos préstamos no son comparables a los que realizan los bancos, en el interior de las naciones.

Se trata de préstamos muy especiales en los cuales el prestamista acompaña personalmente su dinero actuando con superioridad y pidiendo no sólo el reembolso, la garantía y los intereses sino la gratitud de parte de su contratante a quien llama con desprecio deudor.

Hoy el préstamo internacional está desvirtuado; no es un préstamo: en las relaciones internacionales no se conciben préstamos en el sentido financiero.

Europa en 1945 pedía préstamos a Estados Unidos que puso muchas dificultades. De improviso, Estados Unidos ofreció una limosna en medida mucho mayor de lo que se pidió en préstamo: una limosna que es la más grande limosna de la historia: el Plan Marshall.

La Fundación ofrece, en cambio, préstamos libres, con dignidad nacional, sin que ninguna nación tenga el deber de ofrecer garantías reales, ni tampoco sufrir controles humillantes, ni siquiera reconocer superioridades no merecidas.

¡Aquel desprecio no tiene justificación alguna!

¡No hay naciones siempre financiadas ni siempre financiadoras!

Estados Unidos que hoy puede financiar el mundo entero, en el siglo XIX era deudora de Europa por sumas colosales.

La Fundación moraliza, eleva y dignifica las finanzas internacionales ofreciendo una contribución trascendental a los pueblos.

Y sin embargo ¡hay algo más!

Los préstamos internacionales que la Fundación hará posibles en medida casi ilimitada, provocarán un despertar mundial de la empresa que será económicamente nacional, pero técnicamente internacional.

La producción mundial será por lo tanto, creciente, en medida hoy inconcebible.

Sin embargo, algunos economistas, y, en particular los economistas clásicos, estáticos dudarán mucho de este aumento fantástico de la producción.

En efecto, está todavía muy difundida la convicción de que la producción está vinculada a las empresas tiene que aumentar anualmente conforme al aumento de las empresas mismas, que a su vez, dependen, más o menos, del ahorro, el cual, en fin, parece aumentar paulatinamente, no más del 3% anual.

Nosotros, por otro lado, siguiendo siempre una línea lógica, hemos llegado a una conclusión del más alto optimismo, y hemos vislumbrado una desmedida producción mundial, enormemente mayor que la actual. ¿Quién se equivoca?

Hablando de la unificación del mercado mundial, la Economía Racional enfrenta este dilema, y da, con toda evidencia la explicación que ahora repetimos, aunque en forma diferente y muy sumaria.

El progreso científico y técnico de la humanidad hoy está mucho más adelantado frente al desarrollo económico: es decir que aun cuando aquel progreso cesara, los pueblos podrían desarrollar aún más; antes bien si lo quieren, mucho más que hoy, su economía, aprovechando solamente lo que ahora se conoce ya.

Y puesto que el progreso técnico no parece acortar el paso -¡mientras que la economía fracasa en cualquier parte!- es claro que hay mucha disponibilidad para aprovechar.

Por lo tanto los empresarios, aún cuando sea muy reducido lo que ofrece el ahorro, tienen en su poder un caudal desmedido que puede enriquecerlos a sí mismos y a los pueblos: el caudal de la técnica.

Es decir que la Fundación, desarrollando las empresas, hace aumentar en gran escala la posibilidad de aprovechar los recursos naturales por medio de los notables y crecientes recursos de la técnica.

No se trata de crear de la nada, pues los tesoros de la técnica existen ya, y la Fundación en contraste con la crisis actual interviene con una fecundidad imprevisible y asombrosa, valorizando justamente este enorme y fantástico caudal de la técnica.

Y sin embargo ¡hay algo más!

La Economía Racional pone en evidencia el principio del costo decreciente, en la producción creciente, es decir, el hecho de que aumentando la producción, el costo unitario baja, y hace por lo tanto bajar también el precio de venta.

Cuando eso ocurre, la baja del precio de venta reacciona sobre la demanda, la cual, aumentando, hace aumentar a su vez la producción y reducir en consecuencia, otra vez el costo unitario.

Se realiza en este caso, una cadena sin fin en la cual el efecto se hace causa, como en un alud.

Naturalmente como el alud de nieve encuentra, al fin, un obstáculo, y se detiene; asimismo el alud económico acabará por detenerse: pero ¿dónde se detendrá?

El obstáculo estará en la limitación de la venta y no en la producción. Las empresas, como se ve en los tiempos de guerra, pueden satisfacer cualquier pedido: son los pedidos los que aflojan frente al alud económico.

Los economistas clásicos estáticos hablan de saturación del gusto de los consumidores. Esto podría parecer una cruel ironía, frente a un mundo hambriento y desnudo, si no fuera nada más que una consecuencia del estado bárbaro de la actual economía.

¡No se trata de saturación del gusto! Argentina que quemaba el trigo; Brasil que echaba al mar el café, Holanda que mataba las vacas lecheras, sabían muy bien que en el mundo había mucha gente que con gusto habría comido aquel pan argentino, mojado en el café brasiles con leche holandesa y sin embargo la economía mundial no encontraba otra solución ¡que destruir todo!

La Fundación, en cambio, como hemos visto, soluciona el problema de la sobreproducción por medio de la circulación de los bonos Hallesint en el mundo.

El trigo, el café, la leche que no se podrían vender al contado, se venderían aceptando bonos de las naciones hambrientas, y la producción no encontraría más obstáculos en su desarrollo.

Las naciones hoy necesitadas, casi ciertamente tendrán algo que acaso, no logran vender porque las naciones que lo necesitan tampoco puede pagar con bienes presentes y tendrían que pagar con bonos, etcétera.

Se realiza en esta forma una circulación mundial de bonos, que se sobrepone a la de los cheques, integrándola y potenciándola –como ahora hay una circulación de moneda y de pagarés- ¡y todo eso se obtendrá en la forma más sencilla y automática!

Y sin embargo ¡hay algo más!

El artículo 7 del estatuto, disciplina con pocas palabras todo el comercio mundial de mañana.

Los Halles y los Funcionarios Hallesint son instituciones maravillosas en su descentramiento y en su autonomía, y no permiten hegemonías, privilegios, atropellos, etc.

En verdad el trascendental alcance de esta organización mundial no está en el artículo 7, sino en el artículo 6, que define la moneda Hallis. Es esta moneda la que hace posible el funcionamiento mundial de los Halles y de los Funcionarios Hallesint. Si esta moneda faltara, toda la organización fracasaría lamentablemente.

En cambio cuando actúa la moneda Hallis el ciudadano del mundo adquiere un poder hoy no sospechado porque, como hemos ilustrado, él podrá pedir a un funcionario Hallesint, cualquier cosa que se vende en cualquier Halles del mundo, y al precio más barato, como asimismo podrá pedir al funcionario que le venda en algún lugar del mundo, al precio más conveniente su producción.

El costo de las operaciones de compra y de venta será reducido al mínimo y los productores estarán más cerca de los consumidores en la forma más económica.

Todo eso ¿no parece hoy un sueño?

Y sin embargo ¡hay algo más!

La competencia entre el creciente número de empresas, el aprovechamiento, cada vez mayor de la técnica, la reducción de las tasas de interés, y sobre todo el principio del costo decreciente, junto con el intercambio entre los bienes presentes y los futuros, por medio de los bonos, y en fin, la unificación mercantil, por medio de la red mundial de los Halles, hará bajar continuamente y progresivamente los precios de la producción mundial.

No se trata de aquellas rebajas de liquidación o de quiebra, que a menudo nos ofrecen deshechos que no necesitamos. ¡No! Se trata de una rebaja general, que hoy no existe, y que si existiera, sería superada y ocultada por la diaria devaluación de las monedas.

La moneda Hallis, con su estabilidad pondrá en evidencia las rebajas reales, y nos dará diariamente la sensación de progresar: una sensación nueva y extraña, que los pueblos no conocen aún, y que sustituirá con un sano optimismo al desolador desconsuelo que todos sufren hoy frente a la marea creciente de los precios del mercado.

Y sin embargo ¡hay algo más!

La rebaja general de los precios de venta alcanzará una consecuencia imprevisible.

Hoy, productores y vendedores en todas las naciones constatan que los precios suben diariamente, y por lo tanto no están muy preocupados si las ventas aflojan porque prevén ganancias mayores para mañana.

Sobre todo, en el caso de que tengan notables deudas con los bancos, en moneda nacional, están satisfechos porque las deudas quedan firmes, mientras los ingresos subirán y las utilidades subirán aún más.

La moneda estable pondrá a los productores y vendedores frente a un problema nuevo, que hoy no se presenta casi nunca, y cuando ocurre, con algún producto, parece una anomalía, y los afectados son compadecidos como heridos por algún siniestro.

Mañana el fenómeno será general, y la rebaja de los precios se presentará como un grave peligro. Los productores y los vendedores tendrán que estar muy alertas: será la muerte no sólo de los inexpertos sino, sobre todo, de los acaparadores, que a menudo, no venden hoy para vender mañana con mayores ganancias.

El comercio será saneado y liberado de los incompetentes, que hoy se imponen por su riqueza inerte.

Será el triunfo de las empresas industriales mejor organizadas, y no enturbiadas por fuerzas financieras y monopolistas.

Este saneamiento se constituye en una necesidad, y hoy es la aspiración de todos, pero nadie cree que sea posible realizarlo.

¡La Fundación –como acabamos de constatar- lo realizará!

Y sin embargo ¡hay algo más!

La rebaja general de los precios del mercado traerá consigo una consecuencia que nadie ha sospechado nunca ¡porque nunca nadie ha considerado posible el imprevisible acontecimiento de la rebaja de los precios!

Supongamos, por ejemplo, que un productor, según sus cálculos haya fijado su producción y sus precios de venta en base a sus previsiones.

El querría aprovechar el principio del costo decreciente con el aumento de la producción, y producir más; sin embargo, el peligro de los precios decrecientes, en el tiempo, lo hace reflexionar y lo contiene.

Pero si él recibe desde el exterior el pedido de una producción mayor, es decir, de una superproducción, pero a precios inferiores –por ejemplo del 5%- a los que él había fijado. ¿Qué contestará?

Antes de contestar, él hará sus cuentas; y como los gastos generales permanecen casi iguales, mientras que su nueva ganancia resulta superior e inesperada, puede ocurrir que él acepte la propuesta.

Ahora bien: en este caso, si la tasa de descuento de los Bancos es también del 5% y el comprador hace una nueva propuesta: "pagar la mercadería adquirida al precio actual, pero pagándola dentro de un año", el vendedor, además de las garantías oportunas, es muy probable que aceptará.

En este caso se podrá afirmar que se ha vendido la sobreproducción a plazos, a precio normal, ¡con un interés nulo!

No se trata de una operación nueva, antes bien, ella constituye no sólo la base no sospechada del dumping alemán, sino la explicación de la oleada actual de la venta a plazos que, cabe notarlo, es más intensa para aquellos productos cuyos precios, por el progreso de la técnica o las mudanzas de la moda, pueden bajar mañana.

La Fundación hará general este fenómeno –es decir- las empresas que logren aprovechar superproducciones podrán pedir préstamos ¡con intereses nulos!

Esto es: las naciones exportadoras aumentarán sus ventas al exterior, a través de sus Sedes Nacionales aceptando los bonos del exterior aun cuando los intereses de éstos sean reducidos hasta anularse.

Y sin embargo ¡hay algo más!

Lo que precede nos brinda una consecuencia inmediata y terminante.

En el desarrollo económico que hemos ilustrado, el ahorro ha sido la base de todo, porque el ahorro es el que posee los bienes presentes, y la empresa nada puede hacer sin los bienes presentes.

Sin embargo hemos visto la tasa de interés bajar por muchos factores ¡y también, a veces, anularse!

Es decir: el ahorrista es siempre un término del Trinomio Económico –ahorristas, trabajadores, empresarios- pero su ganancia –el interés- que tenía una justificación frente a las monedas nacionales evanescentes, baja hasta desaparecer, frente a la moneda mundial a valor estable.

El ahorrista queda con su ahorro en moneda mundial y nada más: el rentista muere.

Si el rentista quiere vivir, por medio de su ahorro, tiene que transformarse en empresario. En caso contrario su muerte lenta, aunque sin dolor, es inevitable.

Esta eutanasia –muerte sin dolor- del rentista, el cual nada produce, ha sido prevista y reconocida como justa, social y económicamente, pero nadie ha enseñado la receta para realizarla.

Los rentistas rusos murieron, pero, en general en forma violenta poco agradable, y, además se les impidió arrepentirse y transformarse, con su dinero, en empresarios.

La Fundación, en cambio, da la verdadera receta para la eutanasia del rentista.

Esta receta no es un veneno amargo, antes bien, es algo muy agradable, como veremos pronto.

El rentista hoy no concibe que es imposible gozar eternamente de su renta; la cual por la devaluación –no sólo monetaria, sino en cualquier forma- corresponde a una lenta destrucción del "capital".

El rentista atribuye a los errores del gobierno, a los impuestos aplastantes, a las revoluciones, a las guerras, a las persecuciones raciales, etcétera, la pérdida brusca o gradual de su "capital" mientras se trata en cambio de una fatalidad inevitable, de compensación, como la demuestra en forma detenida, la Economía Racional.

La Fundación defiende con su moneda estable el ahorro; sin embargo, en verdad, reduce cada vez más el interés. Pero hay una compensación insospechada. En efecto, el desarrollo económico de las empresas y el aumento fantástico de la producción producirán una gran riqueza para todos y una general rebaja de precios para cada comprador. Es decir, que el rentista frente a los precios rebajados será más rico que antes; mientras gozará de su capital ahorrado, con toda seguridad.

Y sin embargo ¡hay algo más!

La Empresa triunfará en la Fundación.

Este triunfo será merecido, y será también una satisfacción por la incomprensión universal que la ha disminuido hasta hoy.

Será un triunfo moral, que confirmará su derecho de ocupar el sitial de honor, pero no será una supremacía, ni tampoco una hegemonía.

La empresa se elevará a la altura del ahorro y del trabajo, realizando un equilibrio perfecto.

Y este equilibrio será automático como toda la actuación de la Fundación.

En efecto, la fluidez del mercado de los bienes presentes y futuros permitirá a cualquiera que lo merezca hacerse empresario, mientras hoy esto es casi un privilegio de los ahorristas.

Por otro lado mientras la Empresa sería moralmente ensalzada, los empresarios tendrán que luchar en perenne competencia entre sí.

Esta competencia, como la rebaja de los precios, en el campo de la venta, provocará una eliminación de los monopolios, que ahora existen no de derecho, sino de hecho, en muchísimos sectores de la producción, de manera que cada empresa, si no quiere ser rebajada tendrá que estar al día con el progreso técnico, el cual hoy en cambio, por falta de capitales es aprovechable sólo por parte de unas minorías de unas naciones, mientras los demás no sólo no lo aprovechan sino que tienen que pagar, por aquella producción, precios muy elevados y no justificados.

La Fundación, a través del desarrollo de la Empresa en el mundo derrotará esta injusticia entre los pueblos.

Y sin embargo ¡hay algo más!

La competencia entre las empresas, favorecerá a los consumidores, pero sobre todo provocará otra consecuencia que por su trascendental importancia tenemos que examinar en forma detenida.

La empresa ofrece bienes futuros y pide bienes a los ahorristas y servicios a los trabajadores.

Hemos hablado ya de los bienes de los ahorristas, pero nada hemos dicho de los servicios de los trabajadores.

Hoy los trabajadores dicen que todo el mundo es suyo, y que ellos tienen que poseer el mando. ¡No sólo hay hombres políticos y pueblos obedientes que afirman y repiten eso, sino que haya economistas que escriben muchos libros para confirmarlo y demostrarlo!

También los Fisiócratas repetían que sólo los hombres que cultivan la tierra son los hombres útiles y todos los demás son parásitos, y los economistas de esa época escribían muchos libros para confirmarlo y demostrarlo ¡pero ahora estos libros nos hacen sonreír!

Los opositores de los trabajadores, que son –pero no quieren ser llamados- capitalistas, en cambio hablan de libertad, y dicen que todos los hombres son libres y el mando pertenece a todos, pero añaden que entre todos hay unas clases privilegiadas, porque poseen más que las otras clases, que, en cambio tienen el deber de trabajar.

Y cuando estas clases se rehusan a trabajar y hacen huelgas, las clases privilegiadas las hacen culpables de traición.

Y lo que es aún más trágico es que en estas naciones, donde el trabajo es considerado como un deudor perenne, y donde hay clases ricas que trabajan menos y gozan más, es decir ¡ni siquiera logran ofrecer trabajo a todos los que piden trabajar!

La Fundación arrasará con todos estos absurdos y establecerá el equilibrio entre el ahorro, el trabajo y la empresa. Y este resultado no será efecto de revoluciones sangrientas, de expoliaciones legales o ilegales, persecuciones raciales, guerras mundiales, etcétera, y aún menos de ligas de naciones, pactos oceánicos, convenios multilaterales, planes de ayuda, subvenciones humillantes a naciones poco desarrolladas.

¡No! Esto será, como vamos a ver, el resultado automático del triunfo de la Empresa.

En efecto, las empresas desarrollándose y entrando en competencia entre sí, pedirán servicios al trabajo, en medida creciente y, como los capitales –es decir, las ofertas de la sobreproducción- por lo que hemos demostrado, no faltarán más, las empresas se expandirán sin límite, hasta lo que permita el trabajo.

Es claro, que el pedido creciente de trabajadores de parte de las empresas hará subir los salarios en medida mucho más rápida, que cualquier huelga y que se llegará a un nivel de salarios tan elevado que quedará limitado el desarrollo de la empresa.

Esta será la posición de equilibrio del Trinomio Económico. Hoy este nivel de saturación no se alcanza, porque la Empresa es detenida a un nivel mucho más bajo, por falta de capitales –es decir por las altas tasas de interés- y los trabajadores no encuentran la ocupación total.

Y eso explica la aparente contradicción de huelgas para aumento de salarios, mientras hay gran desocupación en el país.

No hay contradicción: si no hubiera desocupación, es decir, si los pedidos de trabajadores fuesen mayores que los trabajadores ofrecidos ¿por qué habría huelgas?

¡Sería mucho más simple pedir directamente mayores salarios!

En la posición de equilibrio que ofrecerá la Fundación, por lo tanto, las huelgas serán absurdas como serían absurdas las huelgas de los vendedores o de los compradores, en un mercado libre donde los precios pueden variar.

Las huelgas que hoy nos abruman no serán más que un recuerdo histórico.

Los trabajadores más decididos se harán empresarios, si lo quieren; de manera que los empresarios no serán más una casta cerrada y los trabajadores verán en ellos a sus contratantes de hoy y no a sus dueños de siempre; a sus clientes y no a sus antagonistas, a sus colaboradores y no a sus enemigos.

¡Y todo eso será consecuencia directa, mecánica, automática de la Fundación!

Sin embargo, ¡hay algo más!

Se puede pensar que todo lo que hemos considerado se refiera a naciones que viven en armonía, mientras que en la actualidad esta armonía no existe; por el contrario; las relaciones entre las naciones son muy tensas y en el interior de ellas también hay hondas divergencias.

Y entonces frente a un panorama tan distinto ¿la Fundación cómo podrá actuar?

En el interior de cada nación la Fundación, como lo demuestra la Economía Racional, ofrece, en forma total e inmediata, el equilibrio de los términos –ahorro, trabajo y empresa- del Trinomio Económico.

Por otro lado los partidos políticos –por supuesto, los más importantes- son la manifestación colectiva de aquellas "divergencias" cuyas naturalezas económicas todos reconocen. Además cada uno de ellos se puede identificar con uno u otro de los términos del Trinomio Económico, por ejemplo: los conservadores con el ahorro, los comunistas con el trabajo y los imperialistas con la empresa, etcétera.

Por lo tanto el equilibrio de los tres Términos, que la Fundación logra establecer, producirá, a su vez, el equilibrio –no la muerte- de los partidos políticos, lo que representa justamente la conciliación de aquellas divergencias.

Este alcance, así logrado, es tan trascendental que no requiere ser ulteriormente elogiado.

Sin embargo ¡hay algo más!

En las relaciones internacionales la guerra fría que hoy envenena al mundo, parece un obstáculo para el surgimiento de la Fundación.

Esta duda preocupa a todos los que estudian el Plan Hallesint. Ellos a menudo piensan que dicho Plan sea no una solución actual, sino algo comparable con la navegación interplanetaria; y hay quien afirma que podrá realizarse sólo el día en que los pueblos, reconociéndose hermanos, fundirán sus gobiernos en un gobierno mundial, único para todos, con una moneda única universal.

¡Nada más equivocado!

Ante todo notemos que el Plan, llegado aquel día, no sólo no sería más necesario, sino que sería perfectamente inútil, al haberse superado los objetivos mismos del Plan. Además ese día no parece muy próximo.

Al contrario, el Plan Hallesint sirve justamente para sustituir a este gobierno mundial del porvenir, muy utópico, logrando obtener hoy todas las ventajas económicas, que ese hipotético gobierno mundial de mañana podría proporcionar. Y este objeto es perfectamente logrado por la Fundación porque ella puede actuar hoy sin ninguna traba.

¿Acaso, por ejemplo, la guerra fría impide hoy a Rusia celebrar convenios comerciales con Inglaterra y a Polonia exportar a Argentina?

¿Y entonces por qué Rusia, Inglaterra, Polonia y Argentina habrían de rehusar su adhesión a la Fundación?

¿Acaso la adhesión de la Fundación representaría algo más comprometido que un convenio de intercambio?

¿Cuál artículo del Plan Hallesint entre los ocho artículos del Estatuto de la Fundación impide, obstaculiza, compromete, perjudica o amenaza los intereses de las naciones adheridas o no adheridas?

El artículo 4 en cambio, ¿no dispone, en forma terminante, que cada gobierno adherido a la Fundación puede legislar, como quiera, sobre su moneda, su intercambio, su desarrollo, su emigración, sus impuestos, su aduana, etc.?

Y entonces ¿por qué preocuparse? ¿Y de qué?

Hoy ni en el interior de las naciones, ni en el conjunto de ellas, nada impide que la Fundación pueda surgir con la adhesión de todos los partidos y de todos los gobiernos.

Sin embargo ¡hay algo más!

Hoy nada obstaculiza a la Fundación. Sin embargo si mañana estallara una guerra ¿qué podría ocurrir?

Esta pregunta -¡ay!- es terriblemente actual.

Si se tratara de una guerra limitada, como la de Corea, por ejemplo, no ocurriría nada imprevisto, en ninguna nación ¡ni siquiera en Corea!

Si en Corea del Sur o del Norte las Sedes Nacionales respectivas no cerraran sus ventanillas, nadie podría oponer reparos: y si el valor de las monedas coreanas bajara, todo se reduciría a notar y proclamar que el valor del Hallis subiría en Corea.

Si, en cambio, las Sedes Nacionales cerraran sus ventanillas, el artículo 8 del estatuto prevé y considera este caso, en forma detenida, y hemos ilustrado lo que va a ocurrir, sin que la Fundación, ni siquiera en este caso, corriera algún peligro.

Sin embargo ¡hay algo más!

Consideremos el caso de una guerra total, que según muchos opinan, puede estallar en el mundo dentro de unos años.

Analicemos este caso, cuya gravedad no podemos menoscabar.

La guerra que amenaza la civilización actual, no tiene un impulso, una razón única. Entre todas las causa, dos sobresalen: el Imperialismo de las grandes naciones, representado hoy por Estados Unidos y el comunismo y levantamiento de las clases humildes, representado por Rusia.

Sin embargo muchas naciones, y Argentina tiene entre ellas la delantera, no se adhieren a ninguno de los dos grupos, y acaso tampoco los mismos pueblos de Estados Unidos estuvieran dispuestos a combatir, si supieran y pudieran…

La Economía Racional demuestra en forma detenida y terminante que la Fundación corta en su raíz las causas del Imperialismo y del Comunismo.

En esta situación la luz y la paz ofrecidas por la Fundación si pudieran llegar al conocimiento de todos los pueblos, serían más que suficientes para impedir el estallido de la guerra.

Todo lo que demuestra e ilustra la Economía Racional es la demostración cabal de esta gran trascendental verdad, y los pueblos nunca han recibido un ofrecimiento más notable y precioso, conveniente, oportuno, generoso y universal que el que otorga la Fundación Universal Hallesint.

Si la Fundación llegara a tiempo para los pueblos conocidos y comprendieran el magno alcance de este ofrecimiento, la guerra mundial no podría estallar jamás.

Sin embargo ¡hay algo más!

Supongamos que la guerra mundial llegara a estallar.

En este caso la Fundación se encontraría exactamente como se encontró la Unión Postal Universal en las dos guerras mundiales, que afectaron a todas las instituciones internacionales -¡y también a las nacionales!- sin que a ella la afectaran absolutamente en nada.

El correo de cada grupo beligerante quedó encerrado en sí mismo –aparte de las trabas de la censura militar- mientras que los dos grupos enemigos podían corresponderse entre sí, a través de los países neutrales.

La Fundación actuaría igualmente en el caso de una guerra mundial. Cada uno de los dos grupos constituiría casi una Fundación por sí misma.

Llegado el día de la paz, los cheques y los bonos Hallesint recobrarían su circulación mundial, mientras la cotización nacional de al moneda Hallesint, como siempre, sería confiada a cada Sede Nacional, y ésta se encontraría como un vendedor de trigo frente a la nueva cosecha: es decir, que tendría que modificar sus precios conforme al nuevo valor internacional del trigo. ¡Nada más!

Ni siquiera una guerra mundial total podría afectar la vida de la Fundación Universal Hallesint.

Y sin embargo, en fin, ¡hay algo más!

Last but not least!

La Fundación, como hemos demostrado y averiguado realiza al mismo tiempo el equilibrio y el máximo desarrollo de los tres términos del Trinomio Económico.

Su procedimiento se puede resumir así:

Ante todo otorga al ahorro la estabilidad monetaria, pero quitándole su monopolio y los altos intereses.

Además financia, casi sin límite, a las empresas ofreciéndoles capitales a las más bajas tasas de interés, pero quitándoles cualquier monopolio, y poniéndolas en competencia entre sí.

En fin, ofrece al trabajo la posibilidad de conseguir los más altos salarios y remuneraciones, pero limitándolos a los que las empresas pueden económicamente repartir.

Preguntémonos, ahora ¿Qué va a ocurrir en el campo internacional?

Pues en el campo internacional hay naciones ya capitalistas, ya trabajadoras, ya emprendedoras; la Fundación realizará también en este campo, su tarea, actuando hasta establecer el equilibrio del trinomio y el máximo desarrollo de la economía mundial.

Sin embargo, en el campo internacional hay una falta de que no adolece el campo nacional.

En el interior de cada nación, hay un gobierno político que impide la violencia y garantiza la ejecución de los contratos, mientras en el campo internacional falta un gobierno de las naciones, y si una nación tiene la fuerza necesaria para imponerse, tiene también el derecho, no moral, sino real, de violar impunemente cualquier contrato.

Por eso, todos están convencidos de que es imposible esperar la paz surgida por acuerdos internacionales, porque estos acuerdos regirían sólo hasta el día en que las naciones más poderosas lo quisieran.

Por lo tanto, todos los planes internacionales son juzgados utópicos, como el movimiento perpetuo en mecánica, y en todo el mundo es absoluto el escepticismo frente a cualquier propuesta de paz mundial.

En efecto, ¿Qué han hecho o qué se proponen hacer las naciones para conseguir la paz mundial? ¡Nada!

El Premio Nobel para los beneméritos de la paz mundial es una iniciativa particular, y su importe es sólo la quinta parte del interés de la herencia, hoy reducida por la devaluación monetaria, de un inventor sueco, antes bien, del inventor –por ironía de la suerte- de un explosivo: ¡de la dinamita!

¿Existe, acaso, otro premio, en todo el mundo, debido a la iniciativa de algún gobierno? Y, en cambio, ¡cuánto han gastado los gobiernos para las guerras, y hoy para las armas atómicas!

Y mientras todos repiten que la crisis mundial es de naturaleza económica, nadie propone estudiar, en el campo económico positivo, este problema, ni los gobiernos, ni las iglesias, ni los filántropos.

Pero ¿a quién tenemos que culpar de esto?

¡Ni a los gobiernos, ni a las iglesias ni a los filántropos!

¡La culpa es solamente de la actual llamada ciencia económica, que ha perdido, por completo, su crédito y su reputación!

La Economía Racional sigue su rumbo.

En el estudio de las asociaciones –unificación de hombres que tienen las mismas finalidades- hemos puesto en evidencia en cada asociación, la presidencia y la dirección.

La presidencia de una asociación actúa, frente al exterior, como si la asociación fuera una unidad, y no un conjunto de individuos.

La dirección, en cambio, está relacionada con los asociados, en el interior de la asociación, y tiene dos tareas diferentes: la primera, contractual, entre la asociación –considerada como unidad- y cada asociado; la segunda, reguladora de las recíprocas relaciones de los asociados entre sí. Cualquier actividad relativa a una asociación encuentra su asiento en la actividad de la presidencia o de la dirección.

Ahora bien, puesto que cada Estado es una asociación tenemos que aplicar a cada Estado las conclusiones de la Economía Racional relativas a las asociaciones.

En cada Estado, considerado como caso particular de asociación, la presidencia y la dirección toman forma y aspecto muy especiales que tenemos que examinar con mucha atención.

La presidencia está representada simbólicamente por jefes, que toman nombres muy diferentes: reyes, emperadores, führers, presidentes, sultanes, etcétera. Estos jefes representan al Estado, aunque en formas diferentes, y tienen siempre la característica de dar unidad al Estado, que, en cambio, es un conjunto muy fluido de una masa, a veces enorme, de ciudadanos.

Su tarea es representativa.

La Economía Racional –con su unificación- en nada puede contribuir a esta tarea, que es netamente nacionalista y aisladora, y que hoy, antes bien, tiene una tendencia fuertemente disociante, por el desarrollo de las distintas personalidades de los grupos étnicos.

Mientras la tierra tiene siempre el mismo tamaño el número de las naciones crece cada día más.

La unificación no alcanza en este caso ningún progreso, pero esto era previsible.

La Economía Racional demuestra que cada unificación contiene siempre un error, y cuando este error supera el límite de la conveniencia de la unificación, la unificación fracasa. Dado que este límite puede oscilar, las unificaciones se hacen y se deshacen.

Nada extraño es por lo tanto, que algunos pueblos, a los que la fuerza del vencedor, o una hegemonía o la conveniencia frente a un peligro habrían unificado en un Estado, hoy quieran separarse: las colonias en manera especial.

¿Y por qué la Economía Racional tendría que combatir esta tendencia?

Por otro lado la desasociación creciente de las naciones impide alentar la esperanza de una fusión de todas las presidencias, es decir, de todas las naciones, de todos los gobiernos políticos, y la presidencia única mundial no es una esperanza para estas generaciones.

La dirección en cada Estado, es confiada al gobierno, donde en general, y sobre todo en momentos de peligro nacional, se encuentra la voluntad personal sobresaliente de un hombre, que en algunas naciones, a veces, tiene también el cargo de la presidencia.

El gobierno tiene las dos tareas de la dirección.

La primera tarea es la contractual.

El Estado estipula un contrato especial con los ciudadanos. Pero eso no significa que los ciudadanos estipulen un contrato con sí mismos: pues el Estado no es sólo el conjunto de ciudadanos, sino el depositario del patrimonio dejado por las generaciones pasadas, y se preocupa mucho por la suerte material y moral de las generaciones venideras.

Por lo tanto hay que esperar que este contrato especial tenga cláusulas muy diferentes de las de los contratos ordinarios.

En verdad, todos los Estados, ya liberales, ya comunistas, estipulan también contratos ordinarios con los ciudadanos, como ocurre cuando explotan ferrocarriles, teléfonos, correos, bancos, seguros, transportes, etcétera.

Pero en estos casos los Estados actúan como una entidad económica cualquiera, y nada en particular tenemos que considerar.

En cambio, todos los Estados, en la ejecución de aquel otro contrato especial, actúan en forma muy diferente, pues ofrecen sus servicios en forma gratuita.

Eso es posible, porque cada individuo, no bien nace, aunque nazca en una choza, dispone ya de un patrimonio inmenso, incalculable, frente al cual el patrimonio particular del más rico hombre del mundo desaparece: él dispone –a través del Estado- de toda la civilización presente, es decir, en sentido abstracto: de la cultura y del progreso social, y en sentido concreto: de todas las obras públicas y de la estructura económica del mundo.

Por eso, el estado, en su calidad de depositario, brinda al recién llegado una ofrenda de valor inmenso, puesto que el Estado ofrece a los ciudadanos, no sólo su patrimonio –rutas, puentes, puertos, monumentos, parques, acueductos, museos, etc., además de todo el progreso científico y técnico- sino también sus servicios –defensa nacional, policía, instrucción, justicia, etc.; y todo en forma gratuita, siguiendo el lema: A cada uno según sus necesidades.

Por otro lado, el Estado, ya para la manutención de su patrimonio, ya para aumentarlo cada día más, ya para pagar todos los servicios, tendrá que pedir a los ciudadanos algunas contribuciones.

Ese es un aspecto también de la primera tarea, pero menos agradable, ya que pone al gobierno frente a los ciudadanos en una actitud casi hostil como la expresa la palabra: impuesto.

¿A quién pedirá el gobierno estas contribuciones?

¿Y en qué medida?

No por cierto en medida igual para todos. En este caso no cobraría nada, porque la cuota individual tendría que ser igual a la del más pobre, es decir, cero; y, además, la igualdad –en este caso- no significaría justicia.

Entonces cobrará en medidas diferentes; he aquí el problema tributario. Este problema es muy difícil. Hoy está solucionado en la forma más injusta y más tonta en muchas naciones del mundo.

Ante todo, notemos que cada nación tiene un sistema tributario diferente del de las otras, lo que permite, a los más astutos, colosales evasiones. Además, cada sistema no es estable, antes bien cambia cada día, y la mitad de las leyes que se publican diariamente en todo el mundo se refieren a modificaciones tributarias, directas o indirectas, visibles o invisibles.

El número de todos los impuestos que el ciudadano tiene que pagar es enorme y creciente, mientras muchos de ellos son contraproducentes y en contraste entre sí.

El caos provoca una atmósfera de injusticia, mientras que siendo los impuestos expresados en moneda nacional, la cotidiana devaluación de todas las monedas hace bajar cada día los ingresos reales del Estado provocando justamente arreglos fiscales, que, en verdad, son correctivos y nada más, en tanto que ante los ciudadanos, aparecen como encarecimientos casi hostiles.

En fin, hoy en casi todas las naciones hay una tasa, que actúa como una estafa –aunque involuntaria- la tasa de los Estados a cargo de los ahorristas, que ha comprado títulos del Estado y que ven su ahorro devaluarse cada día más.

Adam Smith escribía que los Estados tienen una forma preferida para pagar sus deudas ¡devaluar su moneda!

Todo sistema tributario por lo tanto es una mezcla de injusticias de errores y de estafas, y todavía no aparece ninguna directriz racional, ni alguna iniciativa de orden.

La unificación en este campo, en el interior de cada nación y entre todas las naciones llevará un gran alivio a todos y reduciría de manera notable los gastos de cobro, hoy muy elevados.

Si los Estados quisieran la unificación entre sí, del sistema tributario, tendrían, ante todo, que aportar varias modificaciones radicales en todos sus sistemas tributarios.

Consideremos todos los impuestos, unificándolos en cuatro tipos:

El primer grupo es el que se refiere al intercambio ya nacional, ya internacional: impuestos sobre la producción y sobre los que producen, sobre la venta y sobre los que venden, aranceles aduaneros, etc.

La Economía Racional que celebra el cambio, llamándolo: actividad fundamental de la economía, no puede dar más que un solo consejo: la abolición de todos estos impuestos.

Entre todas las ventajes de esta abolición, una, en particular, aunque indirecta es muy notable: la estabilidad de los presupuestos y la serenidad de los ciudadanos: sean ellos productores, importadores, vendedores o compradores, frente a los precios.

Naturalmente se tendría que llegar a esta abolición paulatinamente, esto es sobreentendiendo; sin embargo, es ésta una condición inderogable para cualquier sistema tributario racional.

Y no se trata de una medida necesaria solamente en el campo económico, sino también en el campo social, como podemos ilustrar muy fácilmente.

Cuando se vende, por ejemplo, un cigarrillo a un pobre y otro igual a un millonario, a precio igual, se comete sin duda, una injusticia social: porque los dos esfuerzos: el del pobre y el del millonario para gozar del gusto del cigarrillo, son muy diferentes.

Sin embargo, cualquier ordenamiento económico, que no reduzca el mundo a un cuartel, no podría evitar esta injusticia; y, por eso, todos están resignados a ella.

Sólo un Sistema Tributario racional podría reducir –pero nunca anular- esta injusticia, aliviando todos los impuestos que pesan sobre el costo de producción del cigarrillo, desde la aduana hasta las tasas sobre los vendedores, cargando, en compensación, los gastos superfluos de los más ricos.

¿Qué hacen, en cambio, algunas naciones? Tomemos por ejemplo a Italia. Hacen pagar el cigarrillo a través del monopolio del Estado, cinco veces más caro, es decir, gravan a todos los ciudadanos –porque todos son fumadores- con un impuesto igual a todos: ricos y pobres, cometiendo una injusticia máxima: no sólo un impuesto igual sino cuatro veces mayor que el costo del cigarrillo. ¡No se alegue que se procede así porque el fumar es un lujo o un vicio! En efecto; la sal también es un monopolio del Estado italiano ¡Y todos, ricos y pobres, consumen, sin duda, igual cantidad de sal, y pagan, por consecuencia, en medida igual –es decir: injusta- aquél impuesto!

El segundo grupo de impuestos se refiere a los que gravan sobre el aumento del valor de los Bienes, o sobre el aumento de los ingresos de los Ciudadanos.

Estos impuestos cuya necesidad, racionalidad y justicia la Economía Racional confirma e ilustra, hoy existen en muchas naciones; pero hay en su aplicación una equivocación muy grave.

El cimiento lógico de estos impuestos es el hecho de que el aumento de valor de los bienes y de los ingresos de los ciudadanos es, a menudo, consecuencia de la actividad de otros ciudadanos o del Estado mismo, y, entonces este aumento, en parte, tiene que devolverse al Estado que representa a todos.

Una ruta, un ferrocarril, un canal de riego, etc. hacen aumentar el valor de todas las tierras lindantes; un descubrimiento químico hace variar el valor de una mina, una guerra hace subir demasiado el valor de talleres y de maquinarias, una carestía aumenta el valor de las mercaderías almacenadas, etcétera.

Este aumento de valor no pertenece al dueño, sino a la colectividad.

Sin embargo, hoy, en casi todos los Estados, el fisco interviene, y hace dos valuaciones: antes y después; pero, el valor de antes lo hace en moneda de antes, y el valor de después, en moneda de después.

La diferencia, según el fisco constituye ganancia, mientras –es claro- que tendrían que calcularse ambos a valores en la misma moneda.

Aquí encontramos una confirmación más, de la importancia de la estabilidad monetaria.

Si el fisco adoptará en ambas tasaciones la moneda Hallis, evitaría muchas injusticias.

Sin embargo, estos impuestos, con tal que sean referidos al aumento del valor real y no monetario son perfectamente justificados.

El tercer grupo de impuestos está constituido por las tasas sobre los ingresos anuales de los ciudadanos y de cualquier complejo productivo.

Estos impuestos son justificados en su base fundamental, además de las definiciones de las categorías, de las fórmulas de tasación, de su porcentaje, etc. que cada nación fijará según consideraciones particulares que la Economía Racional no puede ni prever ni considerar.

El cuarto grupo de impuestos es muy pesado y muy inmoral. Se trata, como hemos dicho ya, de la estafa involuntaria del Estado, que casi nunca paga sus deudas.

En efecto; en general, los Estados nunca reembolsan los capitales recibidos: y cuando lo hacen, al mismo tiempo, casi emiten otros préstamos públicos; es decir, no reembolsan nada.

Pagan sólo los intereses, y como los pagan en moneda que cada día se devalúa dondequiera, ¡es evidente la trampa!

La estafa involuntaria de los Estados castiga también a los depositantes de ahorros postales o bancarios y a muchos otros. En nombre del más elemental sentido de justicia este cuarto grupo de impuestos tiene que desaparecer.

La forma más simple para solucionar este problema es la que propone la Economía Racional por medio de la adopción de la moneda Hallis.

Concluyendo; la Economía Racional propone:

1) Abolir cualquier impuesto sobre el intercambio –y por lo tanto, también sobre la producción.

2) Tasar en medida adecuada los aumentos reales, no monetarios, de bienes e ingresos.

3) Tasar los réditos de los ciudadanos y las rentas de los bienes productivos.

4) Impedir la estafa, basada en la devaluación monetaria.

Lo que precede se refiere a los impuestos que el Estado tiene que cobrar, para desarrollar su primera tarea.

Sin embargo, el Estado tiene también el cargo de gastar lo que ha cobrado: y esta tarea no es menos preocupante que la precedente. Antes bien, este cargo es el blanco de la mayor parte de las críticas a los gobiernos y de la codicia de los partidos.

Cabe notar que mientras lo que se exige a los ciudadanos, en concepto de contribución a los gastos nacionales, está reglamentado por un montón de leyes, cada día crecientes –códigos tributarios-, en cambio, lo que el Estado entrega en devolución a los ciudadanos no tiene reglamentación y varía considerablemente de una nación a otra y de un día a otro.

La Economía Racional, por medio del Trinomio Económico, enseña a cada gobierno el rumbo, y nada más, que hay que seguir frente a los ahorristas, trabajadores y empresarios, en el interior de cada nación.

Concluyendo: en la primera tarea de las direcciones de los Estados, la Economía Racional: contribuye a la aclaración del alcance económico de cada impuesto, aconseja directrices de marcha, y sobre todo, ofrece el milagro de su moneda estable: el Hallis; pero no puede intervenir directamente pues esta primera tarea es de naturaleza esencialmente administrativa más que económica.

La segunda tarea de la Dirección del Estado es reguladora: es decir, la dirección interviene en todas las relaciones recíprocas de los ciudadanos.

Estas relaciones son muy numerosas y variadas, conforme a las actividades multiformes y cada día crecientes, de los ciudadanos: religión, indota, ciencia, arte, agricultura, industria, comercio, transporte, navegación, profesiones, enseñanza, bancos, espectáculos, deportes, prensa, seguros, etcétera.

Todas estas actividades, en lo que ser refiere al mejoramiento del nivel de vida de la humanidad, pertenecen, como ilustra la Economía Racional, al campo de la sociología.

La Dirección del Estado –gobierno- en nombre de los intereses colectivos, tiene que intervenir en todas estas actividades, y siempre ha sido así, en todos los siglos, aún cuando la forma de la intervención ha cambiado muy notablemente.

Sin embargo, tenemos, ante todo, que precisar un punto, que aunque sea claro y sencillo, no ha sido entendido por todos.

El derecho de intervención del Estado nunca puede cambiar la naturaleza de estas actividades, y , cuando un gobierno más cree poder llegar a modificar estas actividades tanto más fracasa en su intento.

Estas actividades, en cambio, siempre buscan superar las barreras nacionales, y organizarse en forma internacional, unificándose bajo un propio gobierno, que actúa con tanta mayor autoridad y éxito, cuanto más efectivo es el derecho de los asociados de participar o retirarse de la asociación respectiva.

Las religiones, las artes, las ciencias, etcétera, tienen hombres e instituciones autorizados, -gobiernos no políticos- que inspiran un respeto universal, mucho mayor que el de cualquier gobierno, que tiene policía, tribunales y cárceles.

La historia reseña conflictos entre los gobiernos políticos y estos gobiernos no políticos; y, en la lucha, no siempre han vencido los gobiernos políticos.

Además de las luchas con los gobiernos religiosos, que han sido tan sangrientas, acordémonos –en otro campo- de la más ridícula de estas luchas: la que Estados Unidos desencadenó contra los bebedores, cuya asociación no estaba organizada; pero, se organizó muy pronto, y, no obstante las penas tan severas como absurdas, salió vencedora.

La dirección del Estados –gobierno- tiene, sin duda, el derecho absoluto de intervenir, cuando las manifestaciones de aquellas actividades originan prejuicios a la colectividad.

En efecto, el Estado, que comete una locura al querer abolir el vino o la cerveza, tiene en cambio el derecho de penar la ebriedad como, también, por ejemplo, tiene el derecho de impedir una procesión religiosa, si ésta dificulta la circulación, o puede provocar contrastes.

En particular, queda también fuera de cualquier discusión el derecho de cada gobierno político de intervenir en aquellas actividades, que se llaman económicas.

Y, entonces, si es así, ¿quién puede concebir un gobierno económico independiente de los gobiernos políticos?

Esta pregunta que todos repiten –menos los que conocen la Economía Racional- con la más completa seguridad de una contestación negativa, demuestra el estado rudimentario de la actual ciencia económica.

En efecto ¿por qué no se repite esta pregunta, por ejemplo, frente a la química?

¿No tiene, acaso, cualquier gobierno político el derecho de apoderarse y después destruir, las plantas químicas? Sin embargo ningún gobierno ha pensado nunca en eso, porque la reacción contra ese absurdo sería más fuerte que cualquier gobierno.

Y ¿por qué hoy, en cambio, en el campo económico, hay gobiernos que siguen un rumbo, mientras otros siguen exactamente el rumbo opuesto, y los demás no saben qué hacer?

¡Porque la actual llamada ciencia económica no logra demostrar nada!

Pero, si se pudiera demostrar en forma positiva una verdad –como lo hace la Economía Racional-, ningún gobierno podría nunca hacer leyes contra su evidencia y el derecho soberano de los gobiernos tendría que inclinarse hacia aquella verdad.

Y, si, por otro lado, sobre esta verdad, supongámosla económica, todos los ciudadanos de todas las naciones del mundo lograran constituir un gobierno económico mundial, los gobiernos políticos tendrían que tratar con él, como hoy tratan, por ejemplo, con los gobiernos religiosos.

Ahora preguntémonos: ¿Es posible constituir un gobierno económico al cual obedezcan espontáneamente todos los hombres de todas las naciones, de todos los continentes?

¿Cuál fuera impulsaría a todos estos hombres hacia la obediencia?
Consideremos el gobierno deportivo, que ahora, sin duda, domina en todo el mundo.

¿Cómo puede ocurrir que hombres fuertes y audaces, que no tienen especial preparación moral obedezcan con toda disciplina a órdenes, y acepten penas, que vienen desde muy lejos, de parte de hombres que ellos no conocen, que actúan en nombre de organizaciones deportivas mundiales?¿Cuál fuerza los impulsa a obedecer?

Esta fuerza irresistible es la fuerza egoística del propio provecho: es decir, la participación en aquella organización mundial otorga un cúmulo de ventajas, de tal alcance, que compensa el sufrimiento y la humillación eventual de obedecer.

¡Esta es la característica, que constituye la fuerza y el poder de cualquier gobierno!

Los gobiernos políticos no son más que un caso particular, y no responden más que a una característica especial, común a una masa de individuos: a la característica de vivir dentro del mismo territorio.

Las otras características étnicas, religiosas, de idioma, de costumbres, etcétera, tienen también importancia, pero se ha exagerado demasiado en este sentido.

Baste, para ejemplo, el de Suiza, que está constituida casi en su totalidad, por franceses y alemanes, que después de muchos siglos permanecen absolutamente distintos entre sí, pero el físico, el idioma, la religión, etc. que los diferencia, y sin embargo, ¡asisten sin perturbarse –desde siglos- a las periódicas peleas de Francia y Alemania!

La vinculación política en este caso, es sólo de naturaleza territorial, pero es tan poderosa que llega a constituir una verdadera patria y un formidable sentimiento nacionalista.

Por lo tanto, queda confirmado aún más que se realiza un gobierno, cuando una asociación logra el éxito de organizarse en tal forma, que puede ofrecer ventajas superiores a los deberes que su estatuto impone a los asociados.

Y puesto que la Fundación, como hemos demostrado, logra justamente el éxito de ofrecer ventajas incalculables, frente a deberes muy reducidos, antes bien, casi inexistentes, no cabe duda de que la Fundación constituye un verdadero gobierno.

La Fundación no sólo es un gobierno, sino un Gobierno Económico Mundial.

Todo lo que hemos expuesto nos autoriza a ratificar esta afirmación, sin embargo vamos a convencernos de esto en forma más terminante.

Que la Fundación sea un gobierno "económico", es claro ya, porque se ocupa sólo de relaciones económicas, ya que cualquier relación de naturaleza económica –por supuesto, mundial- puede reglarse por medio de la Fundación.

Eso no significa que todas las relaciones económicas internacionales tendrían que desarrollarse por medio de la Fundación.

Si ciudadanos y gobiernos en el campo internacional quieren actuar por su cuenta, sin referencia alguna con la Fundación, podrán siempre hacerlo; pero se encontrarán como dos contratantes que, en un mercado hacen una operación de compra y venta, sin considerar los precios del mercado: uno de los dos habrá de arrepentirse. ¡O el vendedor por haber vendido a precios demasiado baratos, o el comprador por haber pagado más caro que los precios corrientes!

¡Asimismo, nadie nos impide rebelarnos al Correo y enviar una carta al Japón por medio de un ordenanza, en cambio de ponerla en el buzón con una estampilla!

Que la Fundación sea un gobierno "mundial" se deduce del hecho de que, sin duda, todas las naciones adherirán bajo la presión de los ciudadanos, que por falta de la constitución de la respectiva Sede Nacional, quedarían excluidos de los beneficios otorgados por la Fundación.

Hoy, cada nueva nación, no bien se constituye políticamente, se apresura a adherir a la Unión Postal Universal.

Así hizo el Vaticano no bien fue constituido y así sigue actuando, también con Rusia, obligándose a distribuir en su Estado las cartas con la efigie de Stalin en las estampillas, no obstante la recíproca excomunión.

Todo lo que hemos destacado y demostrado referente a la Fundación no puede dejar dudas sobre las ventajas y las ganancias de las naciones adheridas, sin contragolpe de peligros o de pérdidas, y por lo tanto, adherir a la Fundación es como adherir a la adopción, con sus ventajas, del vapor, del auto y de la radio, pues la Fundación en concreto, realiza un nuevo mecanismo económico.

No sólo la Fundación es un Gobierno Económico Mundial, sino que será el único gobierno económico mundial, pues mientras todos los gobiernos nacionales adherirían, como hemos visto, a la Fundación, no podrían adherir a otro gobierno económico mundial no siendo conveniente, antes bien posible, adoptar al mismo tiempo, dos monedas mundiales, mejor dicho; el valor de la nueva moneda mundial tendría que coincidir con el Hallis, y el nuevo gobierno coincidiría con la Fundación.

En fin, es de la más alta importancia destacar que la Fundación es el mejor de todos los gobiernos.

En verdad, un gobierno está constituido, siempre, por hombres que llevan consigo su fragilidad, y que nunca son perfectos, y, por eso, tampoco lo será el gobierno constituido por ellos.

Pero ¿cuándo un gobierno es perfecto?

A esta pregunta nunca se le ha dado una contestación terminante.

Sin duda un gobierno perfecto tendrá que encontrar la adhesión de todos, es decir, no tiene que encontrarse con una minoría disidente.

Pero nunca ha existido un gobierno sin minoría disidente.

Sin embargo, la Economía Racional ha puesto en evidencia, que se puede llegar a un gobierno perfecto, cuando se dé a la minoría la facultad de separarse. Por eso las religiones constituyen gobiernos perfectos.

La Fundación, que deja toda libertad de adhesión ya a los Estados, ya a los ciudadanos, es un gobierno perfecto, y además –como hemos demostrado- encontrará la adhesión de todos por su conveniencia directa, es decir, es un gobierno perfecto, y también mundial.

La Fundación, en efecto, atrae a todos con la fuerza del egoísmo, que es más poderosa y universal que la fuerza de los gobiernos políticos, mientras que jurídicamente deja a todos en la más completa libertad de actuar o de renunciar a participar en la Fundación.

Los gobiernos políticos, por su naturaleza territorial, no pueden conceder esta libertad porque el ciudadano disidente no pude permanecer en el territorio nacional y al mismo tiempo no adherirse a su gobierno político.

Se necesita, por lo tanto, una coacción de parte de los gobiernos políticos, sobre los ciudadanos disidentes que se quedan en el país, lo que confiere un aspecto de violencia, en medida mayor o menor a todos los gobiernos territoriales –políticos-.

La libertad que la Fundación deja a su vez a los gobiernos políticos y que hemos llamado descentramiento, se realiza confiando por completo a los gobiernos políticos, repetimos: a los gobiernos mismos, sus Sedes Nacionales, exactamente como la Unión Postal Universal ha confiado, por completo, a los gobiernos políticos los servicios de correos.

No se puede imaginar una libertad mayor, ni mayores derechos de los que otorga este descentramiento.

En fin, como golpe decisivo, pongamos de realce que un gobierno, aunque sea compuesto de hombres, no es gobierno si no tiene una autoridad, es decir, poderes para actuar en uno u otro sentido.

Para contener esta autoridad se han creado las Constituciones. Cuanto más perfecta es una constitución, tanto más perfecta será la actuación de los gobiernos. Es como el código que limita los poderes del juez. Un código perfecto –que nunca podrá existir-, que limitara los poderes de un juez hasta convertir a éste en una máquina, haría los Tribunales perfectos, por lo menos, tanto como los códigos.

El estatuto de la Fundación que limita el poder de la Sede Central, hasta anularlo casi por completo, es un ejemplo admirable, todavía insuperado, de constitución.

En efecto, la Sede Central, que, en representación del Consejo General constituye el cerebro de la Fundación, es decir, el Gobierno Económico Mundial, no tiene poder discrecional alguno.

La actividad es absolutamente automática, y se reduce a controlar si una Sede Nacional actúa conforme al Estatuto.

En el caso contrario, su poder coincide con su deber: el de denunciar la eventual falta de aquellas Sedes, y el peligro de su quiebra; y esta denuncia no se puede ocultar por ser pública la contabilidad de cada Sede Nacional.

Frente a esta denuncia las otras Sedes Nacionales, en su propia defensa, para evitarse posibles daños, y por la fuerza irresistible del egoísmo pedirán el reembolso de los bonos –como hoy los depositantes cobran sus depósitos de los bancos en peligro- aislando después a la Sede Nacional culpable. Este aislamiento constituiría un daño superior a cualquier ventaja que la Sede Nacional hubiera podido obtener por su falta.

Por eso, automáticamente, está asegurada la conducta regular y conforme al estatuto, de cada Sede Nacional; y la actividad de la Sede Central se reduce a la de un instrumento revelador, mecánico, pero inexorable.

El Gobierno Económico Mundial de la Fundación Universal Hallesint se ha manifestado, según nuestro análisis, como el mejor de los gobiernos, y todos los gobiernos políticos se apresurarán a reconocerlo.

No hemos encontrado nunca una situación en la cual la Fundación, no digamos que actúe mal o que no pudiera actuar, sino que necesitara intervenir con poderes discrecionales, para defender a una nación o resistir a otra.

¡Ningún jurista habrá imaginado nunca un gobierno tan perfecto!

¡Y los que temían que los gobiernos políticos hubieran mirado con celos a la Fundación, tienen que reconocer, en cambio, que los gobiernos políticos serán sus entusiastas defensores, y que la Fundación no será sólo el verdadero Gobierno Económico Mundial, sino el amparo y la salvación de los pueblos, de los gobiernos, de las naciones, de la civilización entera!

¡Y la paz económica reinará en el mundo!

La paz económica, en verdad, no representa la paz social, pero constituye su base más necesaria.

La esencia de la paz económica es material; la de la paz social es espiritual.

Sin embargo, el espíritu no puede actuar sin la materia; y cualquier constitución social tiene, ante todo, que establecer sus cimientos en la estabilidad económica.

También la arquitectura, que es un arte, es decir, tiene esencia y alcance espiritual, no pude desarrollarse sin la estabilidad material de la construcción.

Cuando la paz económica actúe en el mundo, es decir, cuando la justicia económica quede establecida en cada nación, y en el conjunto de todas, la Humanidad podrá manifestar su naturaleza trascendental, que hoy la injusticia económica ofusca y pervierte.

¡Hoy los pueblos están como náufragos hambrientos y sedientos, en el infinito océano, encerrados en una balsa sacudida por la tormenta! ¡Hoy los estímulos materiales sobrepujan cualquier sentimiento!

La Humanidad pide la paz social.

Los místicos –religiosos, filósofos, poetas, etcétera-, buscan la paz social en un mejoramiento espiritual de los hombres, y por eso intensifican la predicación, aunque los resultados, hasta la fecha, sean muy poco alentadores.

Para ellos, la paz social será alcanzada sólo cuando los corazones de los hombres se hayan ablandado y el amor fraternal, es decir, la caridad, en el sentido más amplio y noble de la palabra ¡sea el impulso de todas las relaciones recíprocas de los hombres!

Los materialistas, en cambio –comunistas, laboralistas, socialistas, etcétera- buscan la paz Social en la justicia; pero, no habiendo una balanza que pueda medir y juzgar, confían al Estado la tarea de dictar las normas para definir y aplicar esa Justicia.

Para ellos, el hombre tiene derechos y deberes; y cuando cada cuenta individual esté saldada ¡la paz social, sin más, será alcanzada!

¡Se equivocan ambos!

La paz social requiere, ya la caridad, ya la justicia, pero ambas. La justicia, que es mecánica, es el cuerpo; la caridad, que es espiritual, es el alma.

Un ejemplo muy terminante, no sólo de la convergencia de la Justicia y la Caridad, sino al mismo tiempo, de su honda diferencia y de la insuficiencia de ambas, por separado, lo tuvimos aquí en la Argentina, donde un Hombre y una Mujer desarrollaron juntos, y con la adhesión del país, una obra intensa e incansable en la justicia social y en la ayuda social, respectivamente.

Si la justicia fuera todo, la ayuda social no sería necesaria; y si la ayuda social lo arreglara todo, la justicia social no tendría que intervenir.

En cambio, es muy significativo el hecho de que este Hombre y esta Mujer trabajaron juntos, pero por diferentes vías, con un mismo fin: la paz social; y nunca ninguna competencia en dicho terreno de acción, pudo interferir en su recíproca actividad.

La Humanidad admira la hermosura espiritual, aun cuando no logre alcanzarla; y el día en que pueda emanciparse de la obsesión de la pobreza, su nivel moral subirá rápidamente hacia las más altas cumbres.

Por eso la Fundación Universal Hallesint tiene, no sólo un alcance económico, sino un alcance social de la más elevada trascendencia.

Y cuando, y no antes, la Fundación haya desarrollado por completo su acción mundial, entonces la caridad, fundada sobre la justicia, redimirá al mundo.

Caridad, nombre sublime que encanta a todos los pueblos y que resuena con ecos jubilosos hasta en los corazones de los salvajes; bálsamo de la vida, símbolo de la divinidad del hombre, manantial de felicidad inexpresable que une las almas en recíproca comprensión, que siembra amor donde hay odio, perdón donde hay injuria, fe donde hay duda, esperanza donde hay desaliento, luz donde hay sombras, dicha donde hay tristeza, y que nos hace amar ¡hasta a nuestros enemigos!

¡Caridad! Cuando, ¡pero no antes!, la justicia económica reine en el mundo, ¡tú brillarás triunfante con tu luz divina sobre la Humanidad purificada y redimida!


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