ECONOMÍA RACIONAL - EL HALLESISMO- Ing. Nicolás MANETTI CUSA

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El Mercado Mundial

Los animales poseen útiles y medios de producción muy ingeniosos, pero ellos forman parte integrante de su cuerpo, no se pueden transferir y se destruyen junto con el cadáver del animal.

El hombre, por el contrario, construyendo útiles fuera de su cuerpo, además de los que naturalmente posee, logró tres extraordinarias posibilidades:

a- Poder crear y usar mecanismos como la rueda, y energías, como el fuego, incompatibles con su cuerpo físico –técnica-.

b- Poder dejar los útiles a las generaciones venideras, quienes, a su vez, aumentan el patrimonio humano, con ritmo cada vez más acelerado –progreso-.

c- Poder, en fin, cambiar con los otros hombres, sus útiles y su producción, con recíproca ventaja –cambio-.

El cambio, invento de los hombres, constituye la base y la esencia de la economía.

Consideremos la más simple operación de cambio: Fulano ofrece una manzana a Zutano que, a su vez, ofrece una naranja a Fulano.

Ahora bien: para efectuar el cambio se necesita que exista esta extraña coincidencia: no sólo que Zutano prefiera la manzana a la naranja, sino que, al revés, y al mismo tiempo, Fulano prefiera la naranja a la manzana.

Todo esto no es muy probable, en general, por lo que parecería que los cambios tuvieran que ser casi una excepción de la vida social.

Por otra parte, si los cambios, como muchos creen, no fuesen más que la manifestación de una diferencia de gustos, o, en general, de un balance o compensación de excedentes y carencias de productos, la consecuencia sería muy rara. En efecto: en esta hipótesis, si en el mundo existieran solamente dos Estados iguales, idénticos en cuanto a gustos, recursos naturales, desarrollo técnico, población, etcétera; dos Estados Mellizos, entre ellos no se efectuaría ni un solo cambio ¡lo que, lógicamente, rechaza la razón!

Sin embargo, muchos economistas plantean el problema del cambio, como un problema estático de gustos, o bien, ya de excesos, ya de faltas de algo intercambiable, por lo que sus aseveraciones, llevan este error inicial del falso rumbo.

Para comprender este error, adelantémonos en nuestro estudio.

Observemos, ante todo, que en cada relación económica entre los hombres, encontramos siempre un cambio.

Damos bienes y trabajo, y recibimos otros bienes u otro trabajo.

En la moderna vida social, todo lo que se consume o se goza, en general, es suministrado por los otros hombres.

Hasta casi todos los paisajes naturales –en apariencia gratuitos- nos serían inalcanzables, sin los medios de transporte y el hospedaje que otros hombres nos proporcionan.

El hombre civilizado está tan estrechamente ligado a sus semejantes, que si quedara solo, completamente solo en la más rica de las ciudades, dueño de todo lo que ansió poseer, su vida se convertiría en algo miserable e insoportable.

Por lo tanto, si la vida social no es otra cosa que un tejido continuo incesante de cambios, resulta claro que hay algo que crea, sin descanso, esta colosal cantidad de cambios.

En verdad, la causa que provoca los cambios no es una extraña diferencia de gustos, ni tampoco un exceso de producción anormal, sino un fenómeno que todos conocen, todos comprenden, todos aprovechan, y que, sin embargo, no tiene todavía su lugar, mejor aún, su altar, en la Ciencia, como el artífice máximo de la riqueza social, como la esencia misma del progreso económico.

Esta causa de los cambios, este artífice máximo de la riqueza social, podemos definirlo por el principio del costo decreciente de la producción creciente.

Este principio afirma que el costo de cualquier producto se reduce tanto más, cuanto más aumenta su producción.

Este fenómeno universalmente conocido tiene una explicación muy simple.

Los gastos para obtener cualquier objeto, están compuestos de dos partes: una se refiere al trabajo y al material para la preparación –proyectos, plantas industriales, etcétera-, la otra al trabajo de producción, de transporte o de conservación –materias primas, sueldos, energía, tasas, etcétera-.

Por eso, en la contaduría, se distinguen los gastos de instalación y los de explotación.

Ahora bien: los primeros gastos, cargan el costo de cada objeto obtenido, en forma y medida muy diferente de los segundos gastos. En efecto: los segundo gastos, los de explotación, pueden considerarse casi constantes para cada objeto obtenido, producido, transportado o conservado, mientras que los primeros, los de preparación APRA cada objeto, se reducen tanto más, cuanto más grande es la cantidad de objetos producidos.

En total, queda demostrado el principio del costo decreciente, que afirma que el costo total de producción decrece al crecer la producción misma.

Este principio actúa en medida más sensible en las grandiosas plantas industriales y empresas modernas de los pueblos más civilizados, que en los pueblos primitivos.

Es decir, que dicho principio tiene importancia y alcance creciente paralelos al desarrollo creciente de la Humanidad.

Una consecuencia inmediata de este principio, es la llamada división del trabajo, cuyo alcance es intuido por el individuo más ignorante, y cuya aplicación se encuentra también en muchos animales –hormigas, abejas, castores, etcétera-.

En el ejemplo de los dos Estados mellizos, para los cuales no se preveían cambios entre sí, el Principio del costo decreciente sugeriría, por ejemplo: a un Estado, construir el doble de relojes de la producción normal, y al otro Estado, construir el doble de bicicletas, para cambiar luego entre ambos Estados, el exceso de producción de cada uno.

Todo volvería a ser como antes, pero los dos Estados, con menor trabajo, y mucho menor costo, tendrían una producción igual a la anterior.

El principio del costo decreciente, en contraste con toda la economía estática, demuestra la inconsistencia de la famosa ley de la demanda.

En efecto: a una demanda creciente, la técnica le replica hoy, de inmediato, con una producción creciente, cosa vista y comprobada en el desarrollo rápido e imponente de las industrias de guerra; y esta producción creciente –en tiempos normales- hace bajar los precios de costos; de manera que, a una demanda creciente corresponde un precio decreciente; exactamente lo opuesto a lo que preconiza la ley de la demanda.

No faltan pruebas para esta verdad.

Basta pensar en el precio de los relojes, tan bajo hoy en los países dedicados a su producción, por haberse elevado ésta en razón de los enormes pedidos que hay de ellos en todo el mundo.

La primera copia de un diario, en la hipótesis de que fuera única, costaría, quizás, mil dólares. Si se hicieran dos, en cambio, podrían costar la mitad: quinientos dólares cada una. Pero cuando se hacen muchas y todas las copias están listas, cada una cuesta un poco más que el papel y la tinta empleados en ellas.

La razón por la cual Fulano y Zutano –de quines hemos hablado- cambian entre sí la manzana con la naranja, no es una razón de preferencia; ¡es otra cosa!

Fulano no ofrece la única manzana que ha producido o importado, sino la milésima o la millonésima de su producción o importación, es decir, una manzana que por esa razón, cuesta mucho menos de cuanto tendría que gastar Zutano ¡para producir o importar una manzana!

El principio del costo decreciente, no tiene solamente un alcance científico, sino que da la llave para el desarrollo de la Economía mundial. Por eso hemos afirmado que el principio merece la máxima consideración, más aún, representa la esencia misma de la economía.

Para justificar esta nuestra afirmación, tenemos ante todo que hablar del fenómeno del alud.

El alud, como todos saben, es una masa de nieve que cae de las altas montañas, pero lo que nos interesa, es su formación.

Inicialmente, una pequeña masa de nieve, cae sobre otra que está en la pendiente. La caída de la primera, empuja a la segunda, y ambas se precipitan, desplazando hacia abajo una masa aún mayor que la inicial. Fundidas las tres en una sola, por la fuerza de traslación que les permite el declive, siguen rodando y movilizando masas cada vez mayores, hasta que nada puede resistir su violento impulso.

Se trata de un efecto que a su vez se hace causa y como tal, se agrega a la causa precedente para provocar efectos mayores, que también se hacen causa, de manera que a una pequeña causa corresponde un efecto global indefinidamente creciente.

El Principio del costo decreciente actúa como un alud: el aumento de la demanda, hace aumentar la producción y bajar el precio; como consecuencia, esta baja atrae mayor número de compradores, es decir, aumenta la demanda, la cual quiere mayor producción, y por lo tanto, hace bajar aún más el precio. Así se repite el juego, y se crea el alud económico.

Veremos las resistencias que se oponen a este alud; pero aun cuando no se llegue a un alud económico, el principio del costo decreciente produce consecuencias inmediatas que justifican imponentes desarrollos, como el de Norte América, cuya desmedida riqueza no se puede explicar totalmente con los recursos naturales, ni con el ingenio de los habitantes.

En realidad, un industrial cualquiera, no bien se da cuenta, aun cuando sea empíricamente de este Principio, se propone intensificar su producción, obteniendo una doble ganancia: la primera, debida al mayor volumen de venta, la segunda –por nuestro principio- debida a las mayores utilidades que la mayor producción otorga por cada objeto producido.

Frente a la visión tan optimista, ya del alud económico, ya de la prosperidad de cada industrial, ya del creciente nivel de vida de la humanidad por el desarrollo de la producción encontramos la realidad de la actual economía, con su impotencia y mezquindad, en comparación con la técnica, que dondequiera triunfa.

No se trata, como alguien cree, de la limitación de la demanda, o como dicen algunos economistas, de la saturación de los gustos, pues esta saturación se puede concebir en algún individuo aislado, o por algún motivo especial ¡pero es locura hablar de saturación frente a una humanidad que se demuestra insaciable, y cuya mitad está hoy mal vestida y hambrienta!

No se trata tampoco de falta de capitales –ahorro- que en cambio hoy existen, pero no logran invertirse mientras su ulterior formación es obstaculizada, como veremos en forma más detenida, por la actual economía internacional ¡tan torpe!

Hay en cambio algo, una razón profunda, que no se puede atribuir simplemente a la maldad de los hombres, que son siempre los mismos, ni a los jefes de los Estados, que hacen lo que pueden; algo que impide la formación del alud económico, y hasta aquel modesto equilibrio que permitiera, como antes de las dos guerras mundiales, el intercambio entre todas las naciones del mundo.

La economía racional, como veremos, pone en evidencia este algo, esta razón profunda de la actual crisis económica, y después de una diagnosis positiva, fuera de cualquier razón moral o política, ofrece la solución teórica del problema, que constituye la base de la propuesta práctica de la Fundación Universal Hallesint, para crear un nuevo mundo económico de justicia y de paz.

Dejemos ahora por un momento la visión de la futura economía de la humanidad, y volvamos otra vez al ejemplo elemental del cambio entre Fulano y Zutano.

Además de los contratantes: Fulano y Zutano, y además de los objetos de cambio: la manzana y la naranja parecería que nada más se necesitará para efectuar el trueque, que ambos quieren realizar.

¡No es así! Hay un elemento muy importante que está presente, aun cuando nadie lo vea.

Este elemento es el contrato de cambio, que puede ser escrito o verbal, explícito o sobreentendido, con referencia a la ley o a la costumbre, pero que nunca puede faltar.

En este cambio de la manzana con la naranja, hay un contrato sobreentendido, con muchas cláusulas; por ejemplo: que la manzana no esté picada y la naranja no sea amarga. Si eso ocurriera provocaría una reyerta.

En todos los cambios cotidianos, aun los más simples, como la compra de una estampilla, o de un boleto de ferrocarril, las cláusulas sobreentendidas son muchas y muy importantes, aunque no se vean.

Esto deriva del hecho de que ¡sin que nadie se dé cuenta! Nosotros no efectuamos los cambios manejando las cosas, sino los símbolos de las cosas.

Y esto ocurre, no sólo cuando las cosas están lejanas en el espacio y tenemos que traerlas hasta nosotros, o están lejanas en el tiempo, y tenemos que esperar que sean creadas o terminadas, sino también cuando las cosas están en el momento presente, aquí, en nuestro poder.

El contrato de compra de un auto, de una casa, de un barco, por ejemplo, es una operación sobre los símbolos del auto, de la casa, etcétera, como lo demuestran los procesos que a menudo siguen a las operaciones de compra y venta.

En particular, notemos que muchas divergencias surgen por motivo de aquella cantidad especial que aparece en cualquier contrato, y que es el valor y su símbolo: la moneda, que luego examinaremos muy detenidamente por su trascendental importancia en todos los cambios.

Desde ahora podemos anticipar que, siendo el papel-moneda nada más que papel, todo su valor está en el contrato.

Las firmas que se leen –cuando son legibles- se sobreentiende que no poseen ningún valor por sí mismas; el que firma, en realidad, es el Estado; pero el Estado tiene, al mismo tiempo, el derecho de imprimir, sin límite, otros billetes, es decir, que se reserva el derecho de vender la misma mercadería ¡a un número ilimitado de compradores! Lo que torna ilusoria la obligación.

Por otro lado, hay algo más que es muy grave, aunque pocos sean los que se dan cuenta de ello: se trata del contrato escrito sobre el billete ¡que es superlativamente ridículo!

En verdad, y en su origen, estaba escrito en todos los billetes de todas las naciones: "El Gobierno pagará al portador, en oro, y a la vista, la suma de…"

Después, por la adopción del curso forzoso, fue reprimida la palabra oro, y lo que quedó no tiene ningún sentido.

¿Cómo pagará el Estado? ¡Claro que con otro billete igual!

Algunos Estados han suprimido ¡todo el texto del contrato! Por ejemplo, Estados Unidos dice sólo: "One Dollar", y nada más. Sería lo mismo, que el gobierno emitiera papeles con la inscripción: "un kilo de pan" y los distribuyera entre la población hambrienta.

Y la ignorancia monetaria es tan grande y general ¡que nadie repara en el absurdo grotesco de este contrato!

El hecho de que los contratos de cambio actúen sobre los símbolos y no directamente sobre las cosas, apareja un complejo de complicaciones, que pesan sobre cada cambio y dificultan la elección del cambio más conveniente para cada contratante.

Hoy, para efectuar un cambio en la forma más razonable en el mercado mundial, tenemos que superar por lo menos, los siguientes obstáculos:

a) Constar por medio de muestras, dictámenes periciales, análisis, etcétera, la calida de una mercadería y su relación con el símbolo contratado; y también defendernos de errores, adulteraciones, sofisticaciones, menguas, deterioros, etcétera.

b) Calcular el costo en tiempo y dinero, desde la localidad de salida de la mercadería hasta la de llegada; y eso requiere el manejo muy complejo de tarifas ferroviarias, aranceles, fletes terrestres, marítimos y fluviales, gastos de correo, de telégrafo, de depósito, trasbordos, cargas y descargas, derechos, seguros, etcétera.

c) Valuar, en fin, la diferente solvencia, corrección y capacidad del ofertante y asegurarnos sobre la exacta correspondencia de la mercadería con el símbolo contratado, y también sobre los eventuales gastos por pleitos ante los tribunales.

Todas estas trabas o el riesgo correspondiente, cuando se renuncia a estos controles y averiguaciones, se traducen como es lógico, en un enorme aumento del costo de la operación de cambio.

El aumento de costo de la operación de cambio, reduce la ganancia del vendedor, aun cuando no la anula, y hace excesivo el gasto del comprador, aun cuando no le impide efectuar la operación de compra.

Se crea, por lo tanto, un alejamiento entre vendedor y comprador, que tenemos que superar para llegar, en cambio, al acercamiento entre ambos.

Este acercamiento, en verdad, ha sido prometido por organizadores, por políticos y por pensadores; sin embargo, no obstante el maravilloso progreso de los medios de comunicación y transporte, los productores y los consumidores están muy distanciados entre sí.

Los comerciantes, con su incansable actividad y también con verdadera genialidad y audacia, logran, a menudo, reducir el costo de la operación de cambio pero detienen en su propia ventaja, la diferencia lograda.

Sobre sus ganancias –muy sensibles, lo que demuestra que era posible reducir el costo de la operación de cambio- se encarniza el fisco, pensando afectarlas cuando en realidad, los damnificados son los productores y los consumidores.

La economía racional, como veremos, estudia y soluciona el acercamiento de los dos verdaderos contratantes de los cambios: los productores y los consumidores, logrando dos resultados muy importantes; por un lado, el menor costo de los cambios, lo que los desarrolla aun más; y por otro lado, la expulsión de muchos individuos del mecanismo comercial, donde ellos nada crean, para encauzarlos en el mecanismo productivo, donde su trabajo es creador.

Supongamos, sin embargo, que haya sido realizado ya el acercamiento máximo posible entre los productores y los consumidores.

Ahora bien, tenemos que confesar que el problema del cambio, ni siquiera en este caso, quedaría solucionado.

En efecto, tenemos todavía que superar dos dificultades muy graves:

a- la de elegir el mejor cambio entre todos los que sean posibles.

b- La de efectuar materialmente este cambio así elegido.

Para superar la primera dificultad, ha sido inventado, hace tiempo, el mercado.

Para superar la segunda dificultad, hace tiempo también, ha sido adoptada la moneda.

El mercado está constituido por la presencia real o simbólica, en un mismo lugar y al mismo tiempo, de todas las ofertas y todos los pedidos, unificados en la forma más racional.

La presencia simultánea y unificada de todas las ofertas y todos los pedidos hace posible su comparación y por lo tanto, su mejor elección.

La moneda a su vez, permite dividir en dos partes una operación de trueque. En un momento dado y en un lugar, se cambia una mercadería o un trabajo por monedas; y después, en otro momento y lugar, se cambian aquellas monedas por otra mercadería o trabajo.

La aceptación de aquellas monedas en cualquier tiempo y cualquier lugar, hace posibles todos los cambios elegidos.

Si el mercado fuese total, es decir, si contuviera cada oferta y cada pedido mundial, de hoy y también de mañana, el mercado sería perfecto.

Sin embargo, no existe un mercado semejante, y los mercados que todos conocemos, no son perfectos, antes bien, son muy defectuosos. La Economía racional, como veremos, se ocupa por lo tanto, en perfeccionar, ante todo, el mercado mundial, hasta hacerlo total en el espacio y en el tiempo.

Si a su vez la moneda fuese mundial, es decir, si existiese una moneda que a la par que es aceptada ahora y aquí, fuese también aceptada en cualquier otro lugar y en cualquier otro momento, con igual poder de compra, esa moneda sería perfecta.

Sin embargo, esta moneda nunca ha existido, y si el oro, en apariencia, ha proporcionado a veces esta posibilidad, ahora por cierto, no lo hace más, y en casi todo el mundo, el oro, aunque sea siempre muy apreciado como metal, va perdiendo por sus graves defectos, su importancia monetaria.

La Economía racional, nos explicará más adelante cómo se ocupa en estudiar, crear y ofrecer una moneda que posee esta especial propiedad de ser aceptada en todo el mundo por su valor económicamente constante.

Antes de exponer el desarrollo de la Economía racional y presentar sus soluciones en este campo, vamos a ver cómo la humanidad ha enfrentado hasta la fecha estos problemas, y lo que ha conseguido alcanzar.

Observemos, en seguida, que también la humanidad a aplicado, en esto, su procedimiento económico fundamental, es decir, la unificación.

Para darnos cuenta de esa aplicación, examinaremos por separado los tres elementos del cambio: los sujetos, los objetos y los contratos.

Puesto que en la actualidad los cambios no se hacen más bajo forma de trueques, sino por intermedio de la moneda, cada uno vende su producción, cobra la moneda que le corresponde, y en otro tiempo y lugar, compra lo que quiere, con aquella moneda.

Por esta causa, tenemos que distinguir los sujetos en vendedores y compradores.

La unificación de los vendedores, de bienes y servicios, ha creado un gran número de categorías: productores, importadores, mayoristas, minoristas, emporios, almacenes, hoteles, hospitales, correos, transportes, espectáculos, etcétera, cuya lista sería demasiado extensa para completar.

La unificación actúa en el interior de las categorías transformándolas en gremios, con programa sindical; y sucesivamente actúa sobre el complejo de los gremios uniéndolos en partidos políticos.

Sin embargo las unificaciones obtenidas se dividen a su vez en otras tantas, como tantos sean los Estados, por lo que encontraremos una recia competencia entre sí. En muchas naciones, los dirigentes de los gremios –de los productores como de los trabajadores- tienen, sin duda, directa o indirectamente, un poder político excesivo.

La unificación de los compradores, parecería más fácil que la de los vendedores, los cuales, como es sabido, están siempre en competencia entre sí.

Sin embargo ¡no hay categoría más desunida que la de los compradores!

Aparte de ejemplos de muy reducida importancia como las cooperativas de compra, no encontramos en los compradores la tendencia unificadora.

El Estado tiene que defender continuamente a los compradores de la viveza de los vendedores, y a veces los sustituye, y se convierte él mismo en comprador e importador.

Si la burocracia no oprimiera con su asfixiante actividad esta tarea de los Estados, nada tendríamos que objetar, en muchos casos, contra esta forma parcial de comunismo, que por otro lado, es adoptada también por gobiernos que se proclaman firmemente anticomunistas.

La unificación de los objetos de cambio, nos lleva a un campo enormemente amplio, en el cual tenemos que proceder con mucho cuidado, y establecer, ante todo, la diferencia entre los bienes y los servicios.

La unificación de los bienes que se cambian bajo sus respectivos símbolos, es guiada por la merceología, que definiendo el significado de cada símbolo –casi siempre una palabra- reune bienes que pueden tener origen diverso, y distinta proveniencia.

La merceología ha sido creada por fiscales que se preocupaban por establecer los aranceles aduaneros; pero muy luego, ha tomado importancia científica.

La Economía racional le otorga gran importancia.

La falta de un idioma universal es causa de que el mismo bien tenga nombres diferentes, pero el mal peor está en que estos nombres no tengan equivalencia, es decir, no coinciden entre sí, no correspondiendo exactamente a un mismo bien, lo que entorpece enormemente todo el intercambio mundial.

En la unificación de los servicios, la confusión es aún mayor, porque cada idioma unifica cada servicio de manera muy diferente, desde los que prestan los obreros, hasta los que rinden los universitarios, cuyos diplomas no tiene valor internacional.

Las consecuencias de estas faltas, hoy no parecen tan graves, porque los celos de los trabajadores de cada nación hacia los extranjeros, impiden el desplazamiento de masas de trabajadores de cualquier categoría. Pero mañana, frente a un despertar mundial, esta falta provocará muchos entorpecimientos.

Una manifestación muy importante de la unificación de los servicios está constituida por los Sindicatos de los trabajadores, cuyo alcance hoy es evidente para todos, tanto que muchos le atribuyen algo de trascendental y casi místico.

Se trata sólo de un caso particular, y nada más, de unificación de trabajadores, según la afinidad de su trabajo: sin embargo esta homogeneidad revela una convergencia tan imprevista de intereses, finalidades, medios de lucha y defensa, etcétera, que la sociedad humana se encuentra hoy frente a una nueva organización social que los siglos pasados nunca habían sospechado.

Si consideramos todos los cambios del mundo, notaremos en seguida, que la mitad de todos los objetos de cambio son monedas de múltiples naciones.

Por lo tanto, mientras tiene mucha importancia la unificación de la mitad de los objetos de cambio, constituida por bienes y servicios, tiene no menos importancia la otra mitad constituida por las monedas.

Y como el contratante que había pedido una mercadería, protesta si ésta le llega averiada ¿por qué el que debe cobrar una suma de dinero de un valor establecido, tiene que aceptar, sin poder protestar, aquellas monedas que conservan su nombre pero que han perdido su valor anterior?

Volveremos en forma más detenida a este asunto, que tiene importancia fundamental en la actuación de la Economía Racional.

En fin, la unificación de los contratos no es una operación nueva para los pueblos.

Si consideramos todos los contratos, vemos que tienen muchas cláusulas comunes, más aún, expresadas con las mismas palabras; y el hecho es tan antiguo, que en muchos Estados, estas cláusulas, por ser equitativas, han sido aceptadas por todos, y han pasado a constituir los códigos de comercio, escritos o tácitos.

Sería de desear, que todos los Estados los reconocieran y que se formara un código comercial internacional.

Hasta la fecha, únicamente el pagaré ha sido unificado en todo el mundo; pero hay varias cláusulas y condiciones ya unificadas, de libre aceptación.

Todos, por ejemplo, conocen las cláusulas cif –cost, insurance, free-, fob –free on bord- forfait, etcétera. Por otro lado, los comerciantes de cada sector, siguen a menudo, esquemas contractuales iguales, y los pedidos se parecen mucho entre sí.

No hay todavía en el mundo, una legislación comercial internacional, pero la legislación de cada Estado prevé y considera los pleitos del comercio internacional.

Tampoco olvidemos los arbitrajes, que por contener cláusulas libremente aceptables pero unificadas, rigen muchos contratos internacionales del comercio y de la navegación, y sobre todo del seguro.

Sin embargo, mucho queda incumplido, y la posteridad nos juzgará en forma muy severa por nuestra mezquina unificación contractual, también en este campo económico.

Sin duda hay Algo hoy en la humanidad, que impide a la unificación de los cambios alcanzar éxitos tan maravillosos como aquellos que la unificación brinda en el terreno de la ciencia y de la técnica.

Este Algo, crea un verdadero problema económico, que la humanidad no logra solucionar, quedando a merced de los empíricos, de los filósofos, de los políticos.

Hemos visto, hablando del alud económico, que había algo, que impedía a la humanidad aprovechar todas las ofertas de la técnica.

Encontramos ahora otro algo, que obstaculiza la unificación de los cambios, aislando los pueblos entre sí, en contraste con el acercamiento que nos ofrece la técnica, ¡que nos permite dar la vuelta al mundo en tres días!

Estos dos algos, no pueden ser ocasionales, ni excepcionales, ni tampoco debidos a la maldad de un pueblo o de un jefe; acaso tengan una raíz común universal, como universal es el malestar económico.

¡Procuremos hallarla!

Consideremos dos mercados, que, aunque pertenezcan a dos Estados diferentes, estén muy cercanos, casi colindantes.

Pronto notaremos que estos dos mercados son muy distintos entre sí, mientras que cada mercado es muy parecido a los otros mercados de su Estado respectivo, a pesar de la distancia que los separa.

La diferencia de los dos mercados que observamos, no tiene una justificación natural; los gustos y las necesidades de los consumidores, así como los recursos y las producciones locales no pueden tener diferencias apreciables, dada la cercanía de los dos mercados.

Sin embargo, hay una diferencia muy notable entre los dos Estados en aquel punto de la frontera: las monedas.

Ahora bien: vamos a averiguar si esta diferencia de moneda puede justificar la diversidad de los mercados, y además, los otros estorbos que hemos notado, y si puede ser aquel algo que buscábamos.

Enfrentemos por lo tanto el estudio de la moneda, pero pasando por alto su historia, y considerando las monedas tal cual son en la actualidad, con sus defectos, buscando la razón de esos defectos.

La moneda, como todos sabemos, es la medida del valor, y todos, por lo tanto, repiten que ante todo, para estudiarla, se necesita entender lo que es el valor.

Los economistas, frente a esta investigación, hacen filosofía, y hasta llegan a discusiones de moral.

La Economía Racional, con su actitud positiva, no se distrae y hace una observación fundamental: que para medir una cantidad no se necesita conocer su naturaleza, sino que en muchos casos, basta poder medir sus efectos.

Se puede medir, por ejemplo, el peso, el calor, la atracción magnética, sin conocer la causa de la gravedad, ni de la temperatura, ni del magnetismo.

Acaso, se podrá asimismo buscar la medida del valor, sin enterarse de antemano, de su naturaleza.

El valor de una mercadería –por ejemplo la lana- frente a otra –supongamos el hierro- es definido por la proporción de las dos mercaderías que se cambian entre sí.

En nuestro caso, si diez kilos de hierro se cambian por un kilo de lana, se dice que la lana tiene un valor décuplo del hierro.

Como se ve, hablamos sólo del valor de cambio, el único que puede considerarse en la economía. Todos los otros valores encuentran su lugar de ubicación en la sociología, en la filosofía… o en la fantasía.

Si se pregunta ahora, qué significa por sí mismo el valor de la lana o del hierro, nadie puede contestar correctamente.

La mayoría contesta diciendo que el valor lo establecen las monedas que se necesitan para comprar aquellas mercaderías –precio-.

Esta contestación, que con toda convicción repite el hombre de la calle, no tiene significación alguna.

En efecto; no solamente la mercadería adquiere muchos precios en su viaje, desde su salida de la fábrica hasta el exportador, el importador, el mayorista, el minorista, y el consumidor, sino que varían muchos sus precios según la distancia recorrida, el tiempo que emplea en cada etapa, las barreras que tiene que franquear, etcétera.

Y la diferencia de los precios es aún más sensible, si se consideran las monedas en que estos precios están expresados en los diferentes Estados.

En fin; cualquiera sea el precio hoy individualizado, él no tiene constancia firme hasta mañana; de manera que el valor se manifiesta como algo muy variable, casi inasequible, y no representable con un número.

Supongamos estar en la orilla del mar, durante una tormenta, e imaginemos buscar y medir el nivel del mar.

Mirando la altura de las olas, su deformación continua, su desplazamiento, y la rapidez con que se modifica la superficie del mar todos afirmarán que aquella medición es imposible, y acaso, sin ninguna significación.

La ciencia económica actual se encuentra en semejante situación, y los economistas monetarios, frente a la medición del valor, no difieren mucho de aquellos que sentados en la playa, buscan, sin conseguirlo, medir el nivel del mar en tempestad.

Sin embargo, supongamos que de pronto cese el viento, y el mar se encalme. En este caso, el nivel de las aguas queda perfectamente individualizado y su altura se puede medir exactamente.

Ahora bien: este nivel, es el mismo nivel medio del mar en tempestad, pues las olas no crean agua, y cada hundimiento de una masa de agua, está compensado por una cresta de la misma.

Por lo tanto, la búsqueda del nivel del mar en tempestad, es lógica y también posible, salvo que hay que espera el momento favorable.

¡Pero aun durante la más violenta tempestad en el mar, nosotros podemos medir el nivel!

Bastará alejarnos del oleaje encrespado, y situarse en una zona de serenidad, donde llegue sólo la resultante de todas las diferencias de nivel. Algo semejante a lo que ocurre si se quiere juzgar a la humanidad, cosa que le resulta más fácil y necesaria, al que se aparta de ella para observarla desde una ermita.

En efecto: si en la orilla, a distancia oportuna del mar se horada un pozo, que por debajo mantenga comunicación con el mar, el agua del pozo se pondrá al nivel del agua del mar.

¡Y su altura medirá exactamente, el nivel medio del mar en tempestad!

Si análogamente, alcanzamos a aislarnos hasta percibir solamente la resultante de todas las oscilaciones de los precios del mercado mundial, no sólo podremos definir el valor de una moneda –sin conocer su esencia- sino que podremos medirlo exactamente, es decir, podremos crear la verdadera moneda: la moneda mundial.

La situación actual de las monedas es muy lejana de la visión de esta moneda mundial que por su parte, la Economía Racional concibe, construye y ofrece a la humanidad.

Todos conocemos los crímenes de las monedas.

No se trata de crímenes de un enemigo del cual podemos defendernos, sino del crimen de un amigo, que abusa de nuestra confianza, y por eso es más culpable ¡porque nos traiciona!

Nosotros, conociéndola, perdonamos siempre esta traición, y no hay ejemplo de la historia, de un pueblo carente de moneda ¿Tan grande es su importancia!

En Alemania, aun cuando la moneda llegaba a valores ridículos, y una estampilla costaba mil millones de marcos, el Estado continuaba imprimiendo papel moneda.

Nadie piense que se trata de acontecimientos excepcionales. En este siglo, las monedas de Alemania, Austria, Grecia, Polonia, Rusia, Hungría, China, etcétera, han llegado a valores microscópicos y muchas otras han quebrado también, sin interrumpir nunca su circulación.

En Italia, el mismo papel moneda de cien liras, circula como hace diez años, y sin embargo ¡apenas tienen el poder de compra de una lira de anteguerra!

Algo más importante tenemos que observar; que todas las monedas de todas las naciones, en todos los tiempos han bajado constantemente su poder de compra, y nunca lo han levantado.

Este fenómeno de la desvalorización, que los pueblos atribuyen, cada vez que se produce, a maldad del gobierno, es en cambio un fenómeno universal, y hasta la fecha, inevitable.

La documentación de esta verdad es aplastante.

Desde Plinio, que habla de la devaluación por orden de Nerón, en momentos en que el Imperio deslumbraba por su riqueza, hasta Roosevelt, que devalúa el dólar, símbolo de la nación más rica del mundo, la moneda siempre ha perdido gradualmente su poder de compra.

Y si algunas veces, como ocurrió en el siglo pasado, las monedas mantuvieron su valor constante frente al oro, esto no contradice en nada nuestra afirmación, pues su poder de compra bajaba igualmente, porque también bajaba el valor del oro, que se producía en cantidad siempre creciente en todo el mundo.

En verdad, el fenómeno de la constante devaluación ha sido, a menudo, observado por los economistas, pero nadie lo ha considerado como fenómeno constante, ante bien, necesario; y menos aún, antes de la Economía Racional ¡nadie había dado una explicación sobre él!

Nicolás Copérnico -1540- cuyos contemporáneos lo apreciaban más como economista que como astrónomo, afirmaba que: "cuatro son las calamidades de la humanidad; las guerras, las carestías, las epidemias y… el morbus numericus –monetae vitalitas-". Se refería así a la "enfermedad de las monedas".

Y Adam Smith -1776- en su Wealth of Nations, escribía: "La libra esterlina vale hoy menos que la tercera parte, la libra escocesa menos que la teintésima parte, el franco menos que la sexagésima parte de su valor original. En esta forma los Estados pagan sus deudas. Si las deudas llegan a un nivel dado nunca las pagan. Si cambia el valor de la moneda y se oculta la quiebra. Todos los Estados han hecho siempre así".

La devaluación de las monedas corresponde siempre a la inflación, es decir, al aumento de la moneda en circulación.

Nada autoriza a los economistas a considerar la inflación como la causa de la devaluación, y sin embargo, casi todos están de acuerdo en proponer que se prohíba la emisión de papel moneda, cuando hay peligro de devaluación.

No se dan cuenta los economistas, de la inutilidad y necedad de sus consejos. Ante todo, se trata de consejos no aceptables, porque si la circulación monetaria, por cualquier razón, exige otro papel moneda, los bancos de emisión tienen que actuar de conformidad si no quieren estorbar toda la actividad económica del país.

Y por otro lado se trata de consejos inútiles, pues ya hemos visto que la devaluación afecta hasta a las naciones más ricas, en sus períodos de mayor prosperidad, sin antecedentes de inflación.

Nada tenemos que decir sobre la diversidad de teorías monetarias, las reservas en lingotes de oro, y todas aquellas afirmaciones que los profanos en la materia, repiten después de escuchar a los financistas.

Nada está demostrado científicamente en este campo, y cualquier opinión tiene defensores y opositores igualmente autorizados.

Para la Economía Racional no hay más que un solo fenómeno monetario indiscutible: la devaluación.

Ante todo, tenemos que darnos cuenta de su origen, y después, pedir a la unificación, una moneda estable, si fuera posible.

Todos los economistas están de acuerdo sobre la necesidad de una moneda estable. Sin embargo, observando que los gobiernos, de improviso, pueden alterar el valor de su moneda, están convencidos de que también esos gobiernos tienen el poder de mantener estable su valor.

Es un craso error ¡Es como decir que puesto que un gobierno pude condenar a muerte a un individuo puede también prolongar su vida, a voluntad!

Escribió Cassel: "La única característica de verdadera importancia es la firmeza monetaria".

Y Fisher: "Lo que absolutamente se necesita es la firmeza monetaria".

Y Willis: "La firmeza monetaria es tan importante, que tenemos que contenernos para no hablar con énfasis de ellas".

Y Kemmerer: "Huelgas, paros forzosos, crisis, tienen una sola causa: la falta de firmeza monetaria".

Y Howard, en fin: "La falta de firmeza monetaria crea más miseria que todas las otras causas juntas".

Frente a esta unánime convicción universal de la importancia de la firmeza monetaria, para conseguir la paz económica ¿Qué hacen los pueblos y los gobiernos?

¿Han propuesto acaso el problema a la inteligencia mundial, ofreciendo por su solución la millonésima parte de lo que ofrecen a los técnicos de la bomba atómica?

¡No! El problema ha sido declarado insoluble.

La Humanidad ha perdido, por ello, su esperanza.

"¡Sólo la guerra podrá imponer la paz al mundo!", repiten los pueblos enloquecidos…

¡Ay! Como la Paz no puede generar Guerra, así la Guerra no puede generar Paz.

La Economía Racional, hace una observación fundamental.

Un fenómeno destructor, constante y universal, como la devaluación, tiene, forzosamente, una causa perenne, la cual, por otro lado, por ser precisamente perenne, tendría que acabar, definitivamente, con una destrucción total.

Y entonces ¿cómo es posible que no obstante esta causa perenne que corroe las monedas, nunca se llega a la destrucción, a la muerte de las monedas, las cuales siempre resurgen?

Hay sin duda, algo que compensa este fenómeno.

Como la muerte de los individuos no destruye la raza, porque hay nacimientos que la compensan, así tiene que existir algo que actúa en sentido inverso a la corrosión del valor de las monedas.

Antes bien: como este corrosivo es muy activo y puede reducir a cifras microscópicas el valor de las monedas ¡la causa compensadora tiene que ser también muy activa, y llegar, por contraste a valores astronómicos!

Ahora, avancemos un paso. Supongamos que Fulano, para conformar a Zutano, que le pide dinero, vende sus alhajas a cambio de mil dólares, que confía a Zutano, en préstamo.

Después de veinte años, Fulano pide a Zutano su dinero: los mil dólares.

Zutano se apresura a devolverlos, causando el asombro y el temo de Fulano. En efecto: Zutano dará a Fulano más de los mil dólares, acaso dos mil dólares, diciendo que tiene que pagar los intereses acumulados.

Fulano, muy asombrado, cobrará su dinero, y entonces tratará de comprar otra vez las alhajas que había vendido, pero se asustará por tener que pagar por ellas, mucho más de lo que había cobrado por su venta; ¡tal vez dos mil dólares!

De este hecho tan sencillo, tiene que brotar una reflexión.

Si el fenómeno de la devaluación es constante e inexplicable, el fenómeno del interés no es menos constante e inexplicable.

Acerquémonos, por lo tanto, a este fenómeno del interés que todos conocemos, y que nadie ha logrado nunca justificar.

¿Por qué tenemos que pagar un interés?...

Todos contestan en seguida: "Porque el prestamista corre el riesgo de no cobrar su dinero cuando venza el plazo".

No puede ser ésta la razón fundamental. Es verdad que el riesgo hace subir la tasa de interés; pero el interés rige también en los préstamos totalmente garantizados.

El Estado, que paga siempre los intereses, pues él mismo emite el dinero, paga a sus acreedores tasas de interés más o menos iguales a las que pagan al público por las inversiones a largo plazo los banqueros, siempre expuestos a quebrar.

"Entonces –contestan todos- el que recibe el dinero paga intereses porque invierte el capital recibido, y goza él sus frutos".

Ni siquiera ésta es la explicación justa, pues quien da una casa, pide una compensación, que no tiene referencia alguna al uso que se hará de aquella casa.

En efecto: acaso el médico y el farmacéutico ¿toman parte en las ganancias de los enfermos curados por su intervención? Y el armero, ¿sufre acaso consecuencias por las heridas que provocaron sus armas que él ha vendido?

"Entonces –contestarán todos- nuevamente vencidos por la lógica- el prestamista pide un interés, porque se somete a una privación, hace renuncia del goce de su dinero, y merece una remuneración".

Esta contestación es muy grave y embarazosa, no por sí misma, sino porque se presenta como muy razonable.

Tenemos que examinarla en forma detenida.

Ante todo, no es verdad que el hecho de gozar mañana en lugar de hoy constituya necesariamente una privación, un mal que merezca una remuneración.

¡A veces ocurre exactamente lo contrario!

Podría ocurrir que las cosas prestadas, tuvieran mañana más valor que hoy. Si, por ejemplo, alguien está dispuesto a restituirnos dentro de seis meses, los huevos, el hielo, la leña, o la fruta que hoy abunda y entonces escasearán, o alguien nos proporcionara escalonadamente, durante el año, el pescado que hoy tendríamos en cantidades excesivas, y que no podríamos aprovechar, no sólo no pedimos intereses, sino que estamos dispuestos a pagar algo.

Y algo más podemos agregar. En efecto; ¿cuál es el valor del interés?

Su valor del cinco por ciento, puede aceptarse como valor medio mundial; pero este valor oscila desde casi cero por ciento, que es lo que pagan los grandes bancos a los depositantes, hasta el veinte por ciento de algunos títulos públicos de países balcánicos ¡y aún más allá!

Claro está que si los pueblos tuviesen juntos una economía monetaria común, estos valores de las tasas de interés tendrían que nivelarse entre sí.

¡Lástima que esta economía común no exista!

Pero esta diferencia tan notable entre las tasas de interés, ¿puede atribuirse a las diferentes privaciones de los ahorristas en conceder sus préstamos?

El hecho de que los banqueros paguen casi nada a los depositantes, demostrará que estos ahorristas ¡no padecen muy graves privaciones!

Por lo tanto esta consideración, junto a las precedentes, nos confirma que la explicación del interés, como compensación de las privaciones de los pobres ahorristas, tampoco logra convencer a nadie.

Sin embargo, el interés es una realidad innegable, y su existencia se encuentra en todo tiempo y en todo lugar, no obstante que los filósofos hayan afirmado que no tiene explicación, y casi todas las religiones lo hayan condenado moralmente (¡El concilio de Viena en 1311, decretó: la nulidad de toda la legislación humana, que no condenara el interés!)

¡Su realidad, su existencia, su consistencia y su persistencia innegables, tienen sin duda, una razón!

Supongamos invertir mil dólares a interés compuesto, al 5%.

Después de un año, tendremos 1.050 dólares, después de 100 años, 132.000 dólares; después de doscientos años 17.000.000 de dólares. En fin; después de quinientos años, 40.000.000.000.000 de dólares, es decir ¡un valor mucho mayor que toda la riqueza mundial!

Este resultado, aunque todos lo conozcan o puedan averiguarlo, está fuera de la realidad.

La paradoja, denuncia la presencia de un error.

Pero ¿dónde está el error?

No por cierto en nuestra cuesta, que cualquiera puede controlar; ni en la hipótesis de una tasa de interés del 5% que es normal.

Entonces, ¿dónde está el error?... ¡pues nosotros no hemos hecho ninguna otra hipótesis!

Para dar una idea más clara del fenómeno del valor creciente de un dólar, invertido a interés compuesto, he aquí esta tabla:

Valores redondeados de un dólar, después de:

 

Tasa de Interés 100 años 200 años 500 años

1% 3 7 140

2% 7 53 20.000

3% 19 361 2.500.000

4% 57 2.600 316.000.000

5% 132 17.400 40.000.000.000

6% 339 115.000 470.000.000.000

7% 871 760.000 500.000.000.000.000

10% 13.800 191.000.00 500.000.000.000.000.000.000

Un dólar, invertido al 5% desde el nacimiento de Jesús, hoy tendría el valor de:

1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 dólares.

Limitando nuestra hipótesis a 500 años, constatamos estar en la realidad ¿No? Es perfectamente posible que una familia, una hermandad, una casta, una clase o también una nación, destine mil dólares a la inversión que hemos mencionado.

Después de quinientos años ¡y mucho antes! Se acumularía a disposición de una minoría, una cantidad de dinero tan anormal, que fatalmente sería causa de un desequilibrio económico y perturbación social.

En verdad, cuando una minoría viviente y actuante en medio de otras colectividades, el montón empieza a formarse por acumulación de bienes, hasta llegar a hacerse un alud con aquellos valores, ahora encontrados, las colectividades siente fatalmente un fuerte malestar.

¡Es que este montón no es el equivalente de otras tantas riquezas creadas, sino que es el desplazamiento usurario de bienes de aquellas colectividades a la minoría!

La verdad es que se origina en la más perfecta legalidad ese lento y creciente despojo de aquellas colectividades en pro de la minoría, y nadie discierne en eso una injusticia jurídica, al par que aquellas colectividades miran con odio y rencor a la minoría enriquecida, que juzgan culpable, pero sin poder establecer cuál es su culpa.

Y los pueblos, que han dado faz humana hasta a Dios, no vacilarán en humanizar el fenómeno, y lo combatirán, castigando no sólo la riqueza, sino también a los individuos que constituyen aquella minoría.

La historia recuerda periódicamente, despojos sangrientos contra aristócratas, propietarios, industriales, religiosos, judíos, etcétera.

El interés, que la ley reconoce, el Estado aprueba y defiende, y él mismo paga a sus acreedores, se convierte en la causa de trastornos sociales que constituyen los máximos trastornos de los pueblos.

En fin; he aquí que la moneda, que se consideraba como un maravilloso instrumento económico, que los pueblos nunca intentaron sustituir, revélase en realidad, como la causa de una honda y gravísima injusticia económica, no sólo en el espacio, por su variable poder de compra en los distintos lugares, sino en el tiempo, ya sea bajando a su valor hasta cero con su perenne devaluación, ya sea haciendo crecer, hasta adquirir valores astronómicos, los créditos de los ahorristas.

¡He aquí aquel algo que buscábamos; aquel "algo" que frena al alud económico y aquel "algo" que obstaculiza la unificación de los cambios!

Aquel "algo" es la imperfección de la moneda.

La Moneda, Símbolo de la unificación del valor, se equivoca y nos traiciona, arrastrando hacia el abismo a toda la humanidad, que depositaba en ella toda su confianza.

Los cambios, es decir, toda la economía, están en gravísima crisis dramática, y la humanidad, que en plena borrasca va navegando a la deriva en la oscuridad de su noche, todavía no se da cuenta de que le falta el timón.

La Economía Racional ofrece a la humanidad el timón de salvación, por medio de la unificación total y suprema del mercado.


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