ECONOMÍA RACIONAL - EL HALLESISMO- Ing. Nicolás MANETTI CUSA

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   UNIFICACIÓN DEL MERCADO MUNDIAL

La Economía Racional, según nuestra definición, busca la elevación del nivel de vida de la humanidad, a través de la colaboración social utilitaria, como la técnica lo hace a través de los recursos naturales.

Hemos visto que esta colaboración social utilitaria actúa por medio de cambios de naturaleza egoísta, siendo todavía muy reducida la parte correspondiente a la generosidad o al desinterés, en este período de la civilización humana.

Por lo tanto, hemos arribado a la conclusión de que el desarrollo de la economía consiste en el perfeccionamiento teórico y práctico de los cambios en el mercado mundial, bajo el impulso del egoísmo humano.

Ahora bien: siendo la unificación el procedimiento económico fundamental de la colectividad humana, vamos a intentar la unificación total, suprema, del mercado mundial, para lograr el máximo perfeccionamiento económico de la colectividad humana.

Hemos averiguado en qué forma y medida la humanidad ha aplicado hasta la fecha, la unificación en los cambios.

Ya hemos visto que esta unificación es muy poco importante y reducida, frente a los adelantos maravillosos de la técnica; y este contraste entre las posibilidades ofrecidas por la técnica, y el rudimentario desarrollo embrional de la economía, ha provocado una crisis en la vida social de la humanidad, la que ya se encuentra en la paradójica dificultad de no poder aprovechar todo lo que le ofrece la técnica, llegando al extremo de destruir productos, reducir cultivos y obstaculizar intercambios.

Estudiando analíticamente esta crisis, hemos llegado a la conclusión de que las dos unificaciones económicas fundamentales en los cambios: el mercado y la moneda, no han logrado en absoluto una verdadera unificación.

En efecto: el mercado y la moneda hoy están divididos en mercados y monedas nacionales, más que en competencia, en conflicto entre sí, sin que nadie sepa cómo pueden unificarse.

La Economía Racional sigue un procedimiento no sólo lógico, sino muy sencillo.

Ante todo, la Economía Racional unifica en el espacio, idealmente, el mercado mundial, considerándolo como una unidad, cuyas barreras nacionales no son más que obstáculos, los cuales, por otro lado, frente a las fallas del mercado mundial, representan un mal menor, imposible de derrumbar sin haber eliminado antes aquellas fallas.

Esta unificación ideal del mercado mundial en el espacio, parecería ser una aspiración teórica, fuera de la realidad, y sin ningún alcance en el mundo actual en que vivimos.

En realidad, esta unificación ideal tiene una concreta importancia práctica, como veremos, y además, una importancia trascendental, porque fue la chispa iniciadora de la idea fundamental, con cuya luz se iluminó la estrella que guió íntegramente el desarrollo del Hallesismo, hasta su culminación en el Plan Hallesint.

Además de la unificación ideal del mercado mundial en el espacio, la Economía Racional, firme en su avance, llega a unificar el mercado mundial, también en el tiempo.

Esta unificación en el tiempo, absolutamente original, como vamos a demostrar y que coincide históricamente con la relatividad de Einstein que considera al tiempo como una cuarta dimensión del espacio, tiene en nuestro estudio una fundamental importancia y constituye la llave de la solución práctica.

Ante este mercado unificado en el espacio y en el tiempo, la moneda tendrá que ser la expresión del valor de todos los bienes y de todos los trabajos, de todo tiempo y de todo lugar.

Sin embargo, aunque ella sea universal, no podrá tener un valor constante, por no ser constante la riqueza mundial.

Su valor tendrá que ser determinado, como veremos por el mismo mercado mundial, representando el nivel medio de todos los valores, como el nivel del agua en aquel pozo horadado en la orilla del mar, y que ya vimos como representaba el nivel medio del mar en tempestad.

Para llegar a la unificación del mercado mundial en el espacio y en el tiempo, reunamos idealmente todas las ofertas de todo el mundo, en tres grandes categorías derivadas respectivamente de las tres únicas formas de actividad que se pueden concebir:

a) Actividad pasada, y realizada en bienes todavía eficientes: Bienes productos ofrecidos por los ahorristas.

b) Actividad presente, y que se explica en su fase productiva: Servicios ofrecidos por los trabajadores.

c) Actividad futura, cuyos productos en gestación se pueden comercia: Bienes futuros ofrecidos por los empresarios.

No pueden existir más, porque el tiempo consta solamente de pasado, presente y futuro.

Esta unificación muy sencilla es fundamental para la Economía Racional.

Los Bienes productos son los que existen en el momento actual bajo cualquier forma o aspecto, pudiéndose vender o trocar por otros.

Pueden ser necesarios en la vida o superfluos –agua o alhajas-; útiles o perjudiciales –remedios o venenos-; morales o inmorales, etc.

Los bienes productos acumulados constituyen el ahorro, que está en poder de los ahorristas. En cada nación el mayor ahorrista es el Estado.

En beneficio de la mayor comprensión, aclararemos el sentido de las palabras ahorro y ahorristas.

No cabe duda alguna de que si un bien ha sido producido en el pasado, el poseedor que hornos lo ofrece es un ahorrista, puesto que él no lo ha consumido, ni gastado, ni vendido antes, y lo ha guardado, ahorrándolo hasta hoy.

En este sentido usamos exclusivamente las palabras ahorro y ahorristas.

Para nuestro caso no interesa si aquel bien fue producido por medio de duros sacrificios, o privaciones, si fue obtenido por medio de negocios limpios e inmaculados, y si fueron pagados todos los acreedores y trabajadores.

¡No! Si el poseedor de aquel bien tiene por derecho de compra, de herencia, de producción, de prescripción, de donación u otro motivo cualquiera la propiedad, es cosa que a la economía no le incumbe ni tiene por qué averiguar.

Todos los embustes, fraudes, embrollos, falsedades, hasta los testamentos apócrifos y la usura y violencias que aquel Bien podría denunciar, para nuestro juicio se desvanecerían en la nada.

No es la economía quien puede actuar en este sentido, sino la moral, la cual, a través de la sociología y con la fuerza de la autoridad política, es quien debe de intervenir.

El ahorro, claro está, no tiene un valor constante de mercado, sea en el tiempo o en el espacio.

Las variaciones de valor en el espacio, todos las conocen: un cántaro de agua, que sería totalmente inútil al lado de una fuente, resultaría útil en la ciudad, y milagrosamente salvador en el desierto. Un árbol, que se pierde entre miles en un bosque, se convierte en calor y fuego en un rancho campesino, y constituye los muebles necesarios en la ciudad.

Todos conocen también las variaciones de valor en el tiempo: los progresos de la técnica, los caprichos de la moda, el deterioro material, etcétera, hacen baja el valor de los bienes, cuando por otro lado, su valor puede subir por el aprovechamiento de recursos antes descuidados –minas, cascadas de agua, etcétera- . Y no olvidemos que el tiempo sazona los vinos y la madera.

Sin embargo, todas estas variaciones de valor no nos maravilla, porque nuestra vida es un tejido de variaciones, más aún, de sorpresas. Por el contrario, tendríamos que alarmarnos por la relativa estabilidad que descubrimos en lo que nos rodea, y también por nuestra posibilidad de previsión del futuro, en muchos casos.

Por eso, en verdad, hasta el horario de los ferrocarriles debiera de parecernos maravilloso ¡por sus previsiones tan exactas!

Cada bien nos da utilidades y goces. Por eso la Economía Racional considera todos los bienes como productivos, en sentido económico y no social.

Esta producción está constituida por otros bienes, materiales, intelectuales, espirituales, etcétera, que hoy no existen, que son bienes futuros.

Se plantea, por lo tanto, el problema.

Los bienes presentes, contienen también en ciernes, bienes futuros; pero ¿quién nos ofrece estos bienes futuros?... ¿Un ahorrista o un empresario?

Este dilema parece muy embarazoso; sin embargo, la Economía Racional lo soluciona en forma muy sencilla y elegante.

El que ofrece, por ejemplo, un campo, sin garantizar los frutos futuros, es claro que ofrece un bien presente, con todos los productos futuros eventuales: se trata, entonces, de un ahorrista.

El que ofrece y garantiza, no un campo, sino los frutos de un campo aunque no sea suyo, y pide un préstamo, es decir, que ofrece solamente bienes futuros y pide bienes presentes, es un Empresario.

La contestación de la Economía Racional es terminante; sin embargo, muchos quedarán perplejos frente al extraño cambio entre una producción futura infinita, y un precio limitado; entre un derecho perpetuo, eterno sobre la producción futura, aunque sea eventual el insignificante fajo de papel moneda con que se lo adquiere.

Aquí tiene que intervenir la sociología y no la Economía Racional. Se trata de ventas libres en un mercado normal, donde los vendedores están muy satisfechos por sus ventas; pagan comisiones a los intermediarios, y gastan sumas enormes en la publicidad para atraer a los compradores.

¡No obstante cualquier llamada de alerta, los vendedores no se desalientan! La mitad de la publicidad de los diarios de Buenos Aires, por ejemplo, ¡invitan a todo el mundo a comprar tierras, y ofrece gratuitamente trenes y autos para visitarlas!

Los servicios de los trabajadores pueden ser manuales, intelectuales, espirituales, etcétera. No sólo el peón, sino los ingenieros, los embajadores, hasta los curas ofrecen servicios a cambio de una remuneración.

Mientras que el ahorro, como quiera sea él adquirido, tiene su fuerza y su raigambre en el derecho de propiedad, los servicios tienen un origen social humillante, porque se remontan a la esclavitud, y por mucho tiempo los servicios o trabajos han sido considerados como algo inferior, impuesto por la necesidad.

Muy lentamente se ha desarrollado este período evolutivo, y hoy también hay una trágica coincidencia entre las clases de los trabajadores y las clases pobres.

Esta coincidencia, en el sentido económico, no tiene justificación alguna, pero pocos se dan cuenta de ello, y por desgracia, los que lo entienden, reaccionan en demasía, no pidiendo la igualdad en la colaboración, como ofrece la Economía Racional, sino pidiendo la supremacía, hasta proclamar a los trabajadores superiores a todos.

Estos alucinados no piensan que los trabajadores ofrecen sus servicios a alguien –que no puede ser siempre el Estado- que los guía, les paga, y tiene a su cargo todo riesgo. Entonces ¿por qué ese alguien tiene que ser inferior a los trabajadores?

Los salarios son muy variables en el tiempo y en el espacio, y dependen de muchas circunstancias.

Si los trabajadores pudieran trasladarse, aunque fuera en forma reducida y estrangulada, como ahora ocurre con las mercaderías, los salarios tendrían que encontrar su nivel de mercado.

Sin embargo, hoy, mientras se juzga ofensivo para el trabajador, considerar su oferta como una mercadería, se le trata peor que a una mercadería, y no se le da, no digamos la ayuda para desplazarse y encontrar su mercado, sino que, a menudo, se le impide salir del país, y sobre todo, se impide a los extranjeros entrar en el país.

El régimen capitalista y el comunista, que son responsables de lo absurdo de esta situación, tendrán que pagar muy pronto y muy severamente esta culpa suya que demuestra la falsedad de la llamada libertad que prometen ambos regímenes.

Los bienes futuros son ofrecidos por los empresarios, que constituyen la empresa. Para que los bienes futuros se trafiquen en el mercado, se necesita que sea garantizada su existencia futura, y que tengan un valor de cambio.

Hasta la fecha, la empresa no ha sido exactamente comprendida. Ha sido considerada como un caso de clasificación difícil, casi anormal, molesto, y ha sido relegada, ya al crédito para inversiones, asunto de confianza, fluido, imponderable, ya entre las enfermedades sociales –aprovechamiento del hombre por el hombre, dicen los comunistas-.

La Economía Racional puede gloriarse de haber colocado en el mismo plano, en condiciones económicas paritarias, al ahorro y al trabajo con la empresa, y a ésta, en el sitial de honor.

Se trata de un descubrimiento científico, y de una contribución técnica fecunda, como veremos al comprobar sus maravillosas consecuencias económicas y sociales.

Sin la empresa, nada pueden hacer el ahorro y el trabajo.

Imperios riquísimos, hormigueantes de trabajadores, pueden languidecer y decaer.

La empresa valora hombres y cosas: es el cerebro, el espíritu de la vida social.

La empresa crea, casi de la nada, la riqueza.

Sumando el valor del ahorro: uno, y el valor del trabajo: uno, la empresa logra un total mayor de dos. ¡He aquí el milagro!

La empresa no está comprendida en la industria, la agricultura, el comercio, etcétera, sino que influye y propicia la creación de las plantas industriales, de las minas, de las tiendas, etcétera.

Si las plantas industriales, las minas, las tiendas, etc. marchan sin asistencia especial creadora, y se pueden vender como los campos o la madera o el carbón, ellas no son otra cosa que bienes de los ahorristas.

La empresa es una cosa muy diferente. Empresa significa: creación.

El empresario es como un escultor que convierte casi milagrosamente un bloque de mármol en una hermosa estatua. El mármol y la estatua también son bienes del ahorrista.

El empresario puede ser un hombre de Estado. Stalin, que se proclamaba el mayor enemigo de los empresarios, resultó ser, él mismo, un gran empresario.

Y Genghis Khan y Pedro el Grande, quienes, antes que él, siguieron el mismo rumbo, fueron también empresarios.

La empresa puede actuar en cualquier lugar y en cualquier rama de la actividad humana.

Los representantes más elevados de los empresarios, son los sabios, los artistas, los exploradores, los inventores, etc.

Todos ellos crean de la nada. Sus creaciones parecen casi obra de magia.

Ni siquiera hay relación entre lo que producen y la remuneración que obtienen, cuando la consiguen, pese a las utilidades que por obra exclusiva de ellos, benefician a la humanidad.

Por una razón tan humanitaria como idealista, la Economía Racional le reserva el sitial de honor a la Empresa.

Y la humanidad tiene que inclinarse reverente ante ella, como ante un verdadero creador.

¡La Empresa domina el futuro!

La Empresa, como ya hemos visto, realiza un milagro: sumando un valor de bienes: uno y un valor de servicios: uno, hace un total mayor ¡mucho mayor que dos!

Este milagro merece una aclaración.

Ante todo: el hecho parece un milagro, sólo porque la Economía Estática, con su materialismo, ha enredado en tal forma la mentalidad de los pueblos, que todos consideran los hechos humanos como fenómenos físicos o químicos.

Y puesto que la física y la química demuestran que no se puede crear nueva energía ni nueva materia de la nada, la actitud, no sólo dinámica, sino creadora de la Economía Racional, hace sospechar una equivocación.

Consideremos un descubrimiento, in invento cualquiera, debido a los empresarios, técnicos, exploradores, etcétera, desde el fuego hasta la brújula; desde el barco de vela hasta el trasatlántico; desde el hierro hasta la dínamo, etc.

Cada conquista enriquece a la humanidad repentinamente, en medida enorme, fantástica. Sin embargo, la humanidad luego no aprovecha esta riqueza.

Se necesita la intervención de otros empresarios, quienes utilizan aquel descubrimiento, aquel invento.

Ellos actúan con el acicate egoísta del provecho propio, que será tanto mayor cuanto más difícil sea su tarea, y menor, por lo tanto, la competencia.

Estos empresarios, en verdad, son explotadores; sin embargo, tienen el mérito de haber entendido el alcance del invento o del descubrimiento, y sobre todo, de tomar a su cargo cada riesgo. No son parásitos, porque basan su provecho en el provecho de los demás.

Por lo tanto, todos los empresarios, cualquiera sea su categoría, desde los sabios, los artistas, los inventores, los exploradores, etc. hasta los constructores de carreteras, contratistas de obras, etc. son los que hacen subir la riqueza de la humanidad, realizando el milagro de restituirle mucho más de lo que habían recibido de bienes y servicios, en su propio provecho.

Aun cuando sea nuestro decidido propósito evita resueltamente cualquier polémica, no podemos abstenernos de notar la equívoca aberración de la economía clásica estática así como de la nueva escuela de Keynes ¡que afirmaba querer combatir contra aquélla!

En efecto, todos están convencidos de que los bienes futuros corresponden a las inversiones, y éstas, a su vez, corresponden más o menos al ahorro, que en medida casi constante –Cassel llega a determinarla en el… 3%- se produce cada año.

Y nadie se da cuenta de que la empresa, con su varita mágica, transforma este… 3% en una riqueza que puede ser muchas veces mayor, porque agrupa toda la riqueza ofrecida por la técnica, y que logra aprovechar; riqueza que no tiene referencia alguna ¡con la riqueza ya declarada al fisco o calculada por medio del catastro!

¡Rusia vendió en 1867 toda la Alaska por 36 millones de francos!

Estados Unidos que ha reconocido a la empresa su verdadero y extraordinario valor, hace cincuenta años tenía sus finanzas en quiebra, y en 1932 atravesó una crisis terrible que sacudió toda la tierra, mientras ocho años después tomaba la iniciativa ¡y llegaba a financiar la guerra mundial, y más adelante, al mundo entero!

Y el Japón, que hasta 1853 prohibía el desembarco a los occidentales, cuando entendió el valor de la técnica, la asimiló hasta llegar, cincuenta años después ¡a vencer a Rusia en Vladivostok, y en 1941 a desafiar a Estados Unidos en Peral Harbour!

¡¿Y Rusia?!

La empresa, cuando actúa en forma comercial, ofrece en el mercado los símbolos de los bienes futuros –que llamaremos títulos- pidiendo en cambio bienes y servicios.

Por lo tanto, en el mercado, se encuentran unificados.
Los bienes, producción del trabajo pasado, cuyo mercado establece sus precios.

Los servicios, realización del trabajo presente, cuyo mercado establece sus salarios.

Los títulos, promesa del trabajo futuro, cuyo mercado establece sus cotizaciones.

En estos tres mercados:

Los ahorristas aportan bienes y piden servicios y títulos.

Los trabajadores aportan servicios y piden títulos y bienes.

Los empresarios aportan títulos y piden bienes y servicios.

No hay posibilidad de otros cambios.

Los ahorristas, los trabajadores y los empresarios constituyen el trinomio económico.

Nadie crea por esto, que la humanidad queda, por lo tanto, dividida en tres categorías de individuos, en tres castas que deberán actuar cada una fuera de la égida de las otras dos.

Se trata de actividades económicas, que todos podemos desarrollar sucesivamente y hasta simultáneamente.

Así, el dueño de un campo puede explotarlo por su cuenta, trabajando él mismo, con la ayuda de algunos agricultores, siendo así a la vez, ahorrista, trabajador y empresario.

Lo mismo ocurre con un técnico, que después de haber estudiado durante muchos años, ahorrando nociones y habilidades, decide construir un invento suyo, en el que trabaja, con la ayuda de otros obreros.

Para indicar cómo actúan los cambios en los tres términos del trinomio económico observemos el gráfico siguiente.

Este gráfico no es otra cosa que el símbolo de las relaciones que hemos considerado ya. No es una demostración geométrica; sin embargo, destaca aquellas relaciones con tal evidencia, que a la vez que nos ayuda a entenderlas mejor, nos sugiere nuevas consideraciones que nos hacen adelantar en el asunto.

La repartición de la circunferencia en tres partes iguales, significa la confirmación de la perfecta paridad de los tres términos.

En el interior de las tres zonas ocupadas respectivamente por el ahorro, la empresa y el trabajo, pueden efectuarse solamente trueques homogéneos de bienes, de títulos y de servicios.

Estos trueques tienen, sin duda, un alcance económico que no exige nuestro análisis, porque ellos se solucionan de inmediato, con satisfacción de los contratantes, sin consecuencias adversas para nadie.

Si no se trata de trueques e interviene la moneda, tenemos que examinar con cuidado lo que ocurre.

El gráfico muestra, ante todo, que los bienes, los servicios y los títulos, atravesando el mercado llegan muy disminuidos a los términos contratantes, lo que simboliza el despilfarro debido a la imperfección del mercado y de la moneda, por lo que se hace muy elevado el costo del intercambio.

A las ofertas del ahorro, de la empresa y del trabajo, el mercado reacciona ofreciendo monedas. Esta oferta tiene la característica de que baja, si aumentan aisladamente las ofertas de bienes, de servicios y de títulos.

Eso es lo que declara la famosa ley de la demanda, de que hemos hablado, y que volvemos a ver cómo se equivoca.

Esta ley es una verdad parcial, y por lo tanto resulta insidiosa. Ella se refiere, lo repetimos, a una condición especial de la economía, considerada como estática, es decir, se refiere solamente al caso de una variación de la oferta de un solo término, mientras se mantienen constantes los otros dos.

Por ejemplo: Si en forma sorpresiva se produce una gran oferta de bienes, debida, supongamos, una excepcional cosecha, mientras los trabajadores no pueden aprovecharla por completo, y los empresarios no pueden guardarla, ni transferirla, ni transformarla, los precios de aquellos bienes bajarán –como lo indican las flechas en contraste- en medida tal, que hasta puede convenir la destrucción de una parte de aquella riqueza, para evitar la excesiva caída de los precios. Este es el caso de algunos países, donde a veces las cosechas han sido tan excesivas, que ha convenido quemar el trigo o el maíz, echar el café al mar, arrojar la fruta al río, etcétera.

Si, en forma imprevista, se produce un descubrimiento técnico de gran importancia, que torna excesiva la oferta de los trabajadores, porque reduce la demanda de trabajo, por ser crecida la productividad de las plantas industriales frente al trabajo de cada obrero, y si al mismo tiempo los empresarios no pueden o no quieren aprovechar la mayor producción, mientras la oferta de los otros bienes de los ahorristas en el mercado quedan inalterables, claro está que habrá desocupación, y como indican las flechas en contraste, los salarios bajarán.

Esto explica la desconfianza que a menudo tienen los trabajadores hacia la máquina que los reemplaza, y ciertas teorías económicas de partidos demagógicos.

Si, en cambio, lo que supera es la oferta de empresarios, por estar muy desarrollado el espíritu industrial o comercial, pero faltan bienes y trabajadores, este espíritu permanece inactivo, y la empresa languidece; entonces, como lo indican las flechas en contraste, las cotizaciones bajarán.

Este es el caso de Argentina, donde se buscan siempre más trabajadores y bienes. En verdad, Argentina pide bienes presentes: los que tiene en abundancia son venideros, recursos potenciales, futuros, pero no los que precisa la empresa. La empresa necesita maquinarias, combustibles, etc. cosas que no se encuentran en abundancia en el país, y que es menester importar. Y para importar, se necesita exportar algo más de lo que hoy se exporta, para pagar las importaciones requeridas por la vida normal del país.

Pero este algo más no se encuentra, y las empresas no se desarrollan lo suficiente. Por lo tanto, no se puede esperar todavía aquel brillante despertar económico, que las nuevas empresas podrían provocar como ocurre hoy en Estados Unidos.

Si, por el contrario, las ofertas de bienes, de servicios y de títulos aumentan simultáneamente, los precios, los salarios y las cotizaciones no se modifican, es decir: el valor de la moneda no cambia, frente a los tres términos del trinomio económico; y mientras la famosa ley de la demanda resulta burlada, se logra el éxito de un adelanto económico general, en medio de un equilibrio que es sinónimo de tranquilidad social.

Y este adelanto económico beneficia a todos: ahorristas, trabajadores y empresarios, pues habiendo aumentado los bienes, los servicios y los títulos, la colectividad se encuentra más rica que antes, y habiendo equilibrio, se deduce que también la repartición ha sido satisfactoria.

Para hacer adelantar simultáneamente los tres términos, se necesita compensar aquellos inconvenientes que hemos señalado.

Cuando surgen dichos inconvenientes en una nación, los gobiernos hacen en general todo lo que es posible, pero no pudiendo crear lo que falta, sen encuentran en la necesidad de destruir lo que parece sobrar.

Y por lo tanto, queman los cereales, echan el vino a los ríos, vetan nuevos cultivos, prohíben nuevas industrias, etc.

Este procedimiento que todos critican, es a menudo necesario, como medida de emergencia.

El culpable no es el gobierno, sino el mercado mundial, que no logra compensar estas pequeñas excedencias con las enormes carencias que angustian a otras poblaciones pobres y hambrientas.

La concepción ternaria del mercado, según la Economía Racional, es netamente distinta de la concepción binaria que hace tiempo domina en las ideologías económicas.

Desde Menenio Agrippa, que en su discurso sobre el monte Sacro, de que se habla hasta la fecha, parangonando el capital con el cuerpo humano, y los trabajadores con las varias partes del mismo, hasta Carlos Marx que puso al capital y a los trabajadores en sangriento antagonismo entre sí, nadie ha sospechado nunca la presencia de un tercer término, en paridad con los otros, el que, invisible, interviene siempre en cada convenio de aquellos dos términos.

En verdad, Marx reveló el malestar –que él suponía inevitable por no saber cómo solucionarlo- y previó la revolución social, en pleno estallido ya.

Pero, mientras Marx puso el dedo en la llaga, reconociéndola, nunca formuló una diagnosis que ilustrara su curación; y la medicina muy amarga que sus discípulos ofrecen al mundo, es empírica, y sin ninguna justificación científica.

Marx señaló más claramente que sus antecesores, la injusticia social, afirmando que en el cambio de trabajo por dinero, el trabajador no cobraba todo lo que le correspondía.

La parte no cobrada la llamó: plusvalía.

Lógicamente, tenía que analizar y medir esta plusvalía, y pedir que todos los salarios fuesen aumentados de conformidad. ¡Después de este aumento, la Justicia quedaría restablecida!

En cambio, Marx y todos los comunistas, no han hecho aquel análisis, y han preferido quitar a los ahorristas sus propiedades, para entregarlas al Estado.

Pero aún después de esta sustitución, nunca llegaron a darse cuenta de la existencia del tercer término: ¡la empresa!

Si los términos fuesen dos, un acuerdo podría lograrse por medio del equilibrio de las fuerzas, o por medio de convenios. Siendo tres, el equilibrio y los convenios se hacen más difíciles.

Si tres individuos tiran los cabos de tres cuerdas unidas por el otro extremo en un nudo que está en el centro de ellos, es muy difícil que se establezca un equilibrio y el nudo quede firme.

Pero suponiendo que en un instante dado se alcance el equilibrio, bastará que uno de los tres se desplace de un lado a otro, para que el equilibrio se rompa.

Eso es lo que ocurre en el equilibrio ternario del mercado, y por eso hay siempre inestabilidad.

Se pide, entonces a todos, espíritu de colaboración para obtener el equilibrio del trinomio económico.

El cristianismo, en líneas generales, pide esta colaboración a la humanidad, desde hace veinte siglos, pero quiere conseguirla por medio del perfeccionamiento espiritual de los individuos, lo que no parece estar muy próximo.

La Economía Racional, en cambio, conforme a su definición, no espera nada de los sentimientos generosos de los hombres, y actúa con la misma objetividad del cirujano frente a la mesa operatoria, el cual se preocupa sólo del cuerpo y no del alma del enfermo.

La empresa, esta diosa que se nutre de bienes y de trabajo, pero cuya fecundidad casi prodigiosa puede transformar al mundo rápidamente, anula todos los conceptos cristalizados de la Economía estática del hombre de la calle, que día a día, contemplando el mercado igualmente abastecido, está convencido de que no se puede hacer más.

Hoy la política está en continuos vaivenes y altibajos, preocupada sobre todo por repartir con oportunidad la producción casi constante, o cada vez decreciente, de la Nación. Pero cuando la humanidad esté convencida de su propia riqueza potencial sin límite, y haya conocido la propuesta práctica de la Fundación Universal Hallesint, toda la riqueza actual no representará más que las migajas del banquete futuro de la humanidad, y el problema de la distribución de los bienes actuales, que ahora hasta amenaza la paz del mundo, perderá toda importancia. ¡Y no será más que un problema de administración normal!

Cuando todo esto sea realizado palpable, es decir, cuando sea posible que la empresa pueda extenderse libremente y volcar sobre el mundo el cuerno de su abundancia, tan grande que aparezca casi ilimitada, será la empresa la protagonista de la economía y ella valorará el ahorro y el trabajo.

¿ qué falta para que la empresa inunde al mundo y a toda la humanidad con su riqueza tan ansiada?

Para que la empresa –cuya potencia es inmensa en teoría, como hemos ilustrado- inunde con su riqueza, aunque sea gradualmente a todo el mundo y a la humanidad, se necesita, ante todo, que los tres términos del trinomio estén en equilibrio entre sí, en el mercado mundial.

Este equilibrio hoy no existe.

Ahorro, trabajo y empresa, quieren permutar entre sí sus ofertas de bienes, servicios y títulos. Esta permuta se rige hoy por el uso de monedas.

Sin embargo, el valor de las monedas varía en el espacio y en el tiempo y por lo tanto, cualquier permuta sufre las consecuencias de esta variación del valor de las monedas.

La permuta entre bienes y servicios, en seguida manifiesta su injusticia a la vista de todos.

En el espacio, por ejemplo, un minero de Bolivia recibe un dólar, mientras un minero de Estados Unidos recibe diez dólares por el mismo trabajo. Y si el minero boliviano pide su transferencia a Estados Unidos, no la consigue ¡La injusticia es evidente!

En el tiempo. Todos ven como se suceden las huelgas en el mundo, bajo cualquier gobierno –donde la ley no las impide-. Los obreros piden siempre aumento de salarios, y siempre lo obtienen exitosamente. Sin embargo, calculando la devaluación monetaria, durante un siglo, los salarios han aumentado muy poco en su valor real, mientras la técnica ha aumentado más de cien veces la productividad media de cada obrero. Si los obreros no han aprovechado en proporción el progreso de la técnica ¡la injusticia es evidente!

La permuta entre bienes y títulos no es menos injusta, aunque no todos se den cuenta de ello.

En el espacio: en la actualidad, los empresarios, y también los gobiernos, que piden bienes en préstamo, ofreciendo sus títulos, no logran éxito en el extranjero por no existir una moneda común a los dos contratantes, y por eso, mientras en unos Estados hay sobreproducción, en otros faltan capitales para aprovechar los recursos naturales.

En el tiempo: como los títulos prometen monedas futuras que como hemos visto, no tienen valor constante, más aún, bajan continuamente, los ahorristas piden una compensación muy elevada para afrontar este riesgo de la devaluación. Por tanto, los empresarios encuentran graves dificultades para sus inversiones, y como consecuencia, los cambios en el tiempo no se desarrollan, y la empresa languidece.

Está claro que no hay equilibrio en los mercados nacionales y tampoco en el mercado mundial.

Por lo tanto ocurre ¡lo que fatalmente tiene que ocurrir!

El desequilibro económico del mercado obliga a la política a intervenir.

La actividad de los gobiernos frente al trinomio económico, ha sido muy diferente según el tiempo y el lugar.

Muy interesante es la historia económica de todos los Estados, desde el punto de vista de cada uno de los tres términos del trinomio económico.

En tiempos pasados, en los pueblos primitivos, los ahorristas, cualquiera haya sido el origen de sus ahorros, favorecidos por el derecho de la propiedad defendido hasta por la fuerza, han tenido muchas más posibilidades que los trabajadores y los empresarios.

Por eso han poseído el mando.

También hoy hay naciones que se encuentran en esta situación ¡que a muchos les parece muy justa y razonable!

En la vieja Europa, los soberanos sobrevivientes, aun cuando sólo sea simbólicamente, todavía representan esta vieja mentalidad; y hasta hace unos años, los ciudadanos más ricos, en muchas naciones ¡tenían el derecho de ser nombrados Senadores!

Y no se puede negar que hoy los ricos, aun cuando no tengan por derecho, privilegios políticos, en realidad tienen muchas y muchas posibilidades ¡para conseguir, de facto, posiciones preeminentes y de mando! –Capitalismo-.

Los trabajadores que representan las clases pobres, han hecho en todo tiempo, motines y revoluciones contra los ahorristas que tenían una posición de privilegio, no suficientemente justificada.

Hoy estas revoluciones han sido unificadas, en una forma definida, estable y permanente, y donde han conseguido éxito, han logrado un alcance no tan sólo local, sino continental, con un poder de expansión asaz notable. –Comunismo-.

La Empresa ha existido siempre en el mundo, sin embargo ningún historiador ha reparado jamás en la Empresa y en su predominio, salvo el caso de que ella haya tomado la forma guerrera.

En verdad la empresa ha estado siempre presente en la vida de los pueblos, y ha sido el verdadero motor del desarrollo de la humanidad.

En el campo político, desde Moisés, que guía a los judíos a través del desierto hacia la Palestina, hasta los próceres americanos que enseñan las rutas del porvenir a las turbas inmigradas; desde Alejandro Magno a Julio César, desde Gengis Khan a Napoleón; desde Atila a Hitler, etcétera, la empresa ha guiado siempre a los pueblos, grabando con su sello, bueno o malo, toda la historia política de la humanidad.

Pero los historiadores han olvidado casi todos los nombres, ya de los inventores y descubridores, ya de los que aprovechando los descubrimientos y los inventos, han dado al mundo su desarrollo actual.

La empresa, en su forma internacional –Imperialismo- prepotente y opresora, en verdad todavía domina en el mundo, pero, acaso, tiene sus días contados.

No obstante, mientras los ahorristas han logrado más de lo que ofrecían, y los trabajadores, aunque con alternativas y defraudamientos, han cobrado sus sueldos, los empresarios no siempre han logrado lo que merecían, porque muy a menudo la humanidad ha comprendido muy tarde su valor.

Propulsores combativos, bienhechores asesinados, prohombres calumniados, empresarios audaces en quiebra, profetas humillados, inventores fallecidos en la miseria, etcétera, todos están simbolizados por Prometeo, que después de haber descubierto el fuego, es atado por los dioses en un peñasco, mientras es condenado a que un buitre le devore las entrañas, por toda la eternidad.

Por eso los empresarios, cuando no tienen frenos morales, no vacilan en aprovechar sus posibilidades, sin escrúpulos, y entre ellos brilla con luz roja muchos malhechores.

Mientras los ahorristas inmorales se revelan por su crueldad y su lujuria y los trabajadores inmorales, por su violencia y vandalismo, los empresarios inmorales se revelan por sus embrollos, embustes, estafas, engaños, fraudes y dolos.

El predominio del ahorro, por medio del interés, ha producido el pauperismo en el interior de las naciones y el colonialismo en el exterior.

El predominio del trabajo ha degenerado en la demagogia y en el comunismo.

El predominio de la empresa ha generado el feudalismo industrial y el imperialismo.

Antes de profundizarnos aún más en el estudio del Trinomio Económico, tenemos que reconocer que hemos evitado hablar del capital, que todos los llamados economistas invocan a menudo.

Y entonces ¿qué es el capital?

Para la Economía Racional el capital es el ahorro invertido en las empresas. Sin embargo, la Economía Racional afirma que el ahorro tiene una naturaleza especial, que no todos entienden, es decir, que no tiene un valor estático, sino que puede alcanzar valores ilimitados, por medio de la sobreproducción.

La sobreproducción es considerada por todos como una producción que supera el consumo de los que por casualidad o por su actividad son dueños de ella, considerando en forma total una nación o toda la humanidad.

Consideremos, por ejemplo, el ganado de la pampa, la madera de los bosques, los yacimientos de oro, las ganancias de la lotería, etcétera. Es evidente, en este caso, que se trata de una sobreproducción para los respectivos dueños, sobre todo en el caso en que ellos no la esperaban.

Estos dueños ofrecen a los empresarios, para su explotación, dicha sobreproducción, y, en este caso, he ahí el capital que se invierte en la empresa.

Los "capitales" de que disponen hoy los norteamericanos tienen, en muchos casos, este origen de "recursos naturales fortuitos", casi diríamos, no merecidos. Sin embargo sería una falta muy grave cortar aquí nuestra investigación.

Se pueden formar capitales aun cuando no se disponga de estos recursos naturales excepcionales, tal como un hábil y tesonero agricultor puede obtener de un terreno pobre una producción mayor que la que consigue un perezoso o un incapaz de un terreno más fértil.

En este caso es claro que el dueño de los capitales pertenecerá a la categoría de los empresarios, que se hacen ahorristas. Es decir, que los capitales se forman también, y agregamos: mucho más, por medio de la empresa. Pero ¿cómo actúa en este caso la Empresa? La empresa para llegar a este resultado, tiene que aumentar sus ingresos y reducir sus gastos. Todos, en verdad queremos actuar en esta forma, y, al parecer, nuestra investigación, por este camino, parecería dirigirse a un punto muerto.

¡No es así! Trabajar más y gastar menos es la fórmula de las previsoras madres de familia, y en caso de emergencia nacional también los Gobiernos la aconsejan razonablemente a sus pueblos.

Se llega por este camino al Ahorro de Privación que no obstante a veces daña más de lo que rinde. Nunca se han constituido los grandes patrimonios con esta fórmula. Y sin embargo la mayoría de los llamados economistas está convencida de que esta fórmula ¡es la que ha creado y crea el ahorro!

Antes bien, puesto que esta fórmula tiene como límite la abolición total de los gastos (¡!) claro está que la misma fórmula no puede ser la que actúa cuando se ve crecer sin límite el valor de los patrimonios.

Como ejemplo al caso podemos comprobar cómo Estados Unidos cuya riqueza creciente nos asombra y nos asusta, no se impone, por cierto, el sistema de las privaciones.

Se puede pensar que hay una fórmula secreta y que, acaso, Estados Unidos la conozca. Busquemos descubrirla.

Puesto que la actividad económica de las madres de familia no puede sobrepasar límites reducidos, en la formación de los capitales, examinemos la actividad de los padres de familia, que a menudo son los verdaderos creadores de los patrimonios. Ellos no se preocupan mucho de la reducción de gastos a la vez que buscan aumentar los ingresos. Pero ¿cómo actúan?

La Economía Racional, como hemos visto, ofrece la receta teórica infalible para aumentar las ganancias, hasta llegar a un alud.

Se trata nada más que ¡de aumentar la producción y la venta! En efecto, hemos visto la fecundidad milagrosa del principio del costo decreciente. Si mañana yo produzco y vendo el doble de mi actual producción, en general gano más que hoy, y no en medida doble si no mayor que el doble, pues la sobreproducción, en general, aprovechando la preparación ya existente, cuesta menos que la producción normal, y por lo tanto una producción doble da una ganancia mayor del doble.

Esta receta representa un verdadero remedio y nadie piensa que hablamos en broma o en forma paradójica.

Esta receta es exactamente la que ha aplicado Estados Unidos amén de los recursos naturales y de su vivaz y tenaz espíritu emprendedor.

¿Qué falta para que todo el mundo se despierte y los imite?

La contestación está en el análisis de la hipótesis que hemos omitido. Hemos dicho, si yo produzco y vendo el doble, sin aclarar cómo se pueda producir y vender el doble.

Para producir el doble se necesitan más capitales y para vender el doble se precisa doble cantidad de compradores. Una simple consideración nos hace identificar el segundo problema con el primero, si encaramos al mundo como una unidad económica. En efecto, puesto que los productos se venden a cambio de otros productos, si todos produjeran el doble, claro está que se podría vender el doble de lo que se vende hoy.

Esta hipótesis hoy no es factible. El que produce el doble hoy corre el peligro de quebrar por falta de ventas, justamente porque los demás no han producido el doble. Estados Unidos se encuentra en una crisis, aunque disfrazada, precisamente porque el mundo no aumenta su producción en la misma medida que Estados Unidos.

Por lo tanto, para ganar más, todo se reduce a una sola condición: la de encontrar más capitales, pero en todo el mundo, y hemos visto que podemos buscarlos en la sobreproducción de las empresas.

Sin embargo, mientras por un lado, todos repiten que faltan capitales, por otro todos los empresarios ofrecen su sobreproducción; es decir, capitales a precios decrecientes ¿Cómo se puede explicar esta contradicción?

En una forma muy simple: porque esta sobreproducción se ofrece a cambio de otra sobreproducción actual, presente, es decir, que se pide algo que no existe, imponiendo una condición imposible, irrealizable.

Si, en cambio, se pidiera en compensación de la sobreproducción actual, una sobreproducción futura venidera –que tal vez pudiera realizarse justamente aprovechando aquella sobreproducción actual, que hoy parece exuberante- todo quedaría solucionado.

Ahora bien, encarado así, el trueque o intercambio tendría las características de un préstamo, es decir, algo que hoy la economía internacional no logra en absoluto realizar, ya que los préstamos actuales son sólo de naturaleza política, no económica.

Por lo tanto si se logra el milagro de hacer préstamos internacionales, fuera de las vinculaciones políticas, los capitales no faltarán más, y la producción mundial podrá desarrollarse en forma rápidamente creciente, hasta llegar a un alud.

La Fundación Hallesint, como veremos, realiza justamente este milagro.

Hoy los gobiernos, ante la falta de equilibrio entre los tres términos del Trinomio Económico, intervienen, y por medio de leyes, frenan, ora al uno, ora al otro término.

Esta intervención necesaria, pero antieconómica, es comparable a la determinación que toma el jardinero, cuando quiere que un cerco tenga todas sus ramas iguales. Como él no puede desarrollar las ramas más cortas, para que alcancen a las otras más robustas, y no conoce otro medio para igualarlas, que las tijeras, despiadadamente troncha las ramas sanas para reducirlas al tamaño de las raquíticas.

La política de muchas naciones sigue este ejemplo para lograr el equilibrio económico.

Sus leyes, casi siempre inhibitorias, ¡son desacertados golpes de tijeras!

Y ahora supongamos que un gobierno ideal, previsor, de altísima moralidad y de profundo sentido económico, en una nación animada de los más elevados propósitos de bien público, y bajo la guía de expertos y de técnicos de profunda sabiduría, lograra alcanzar el más perfecto equilibrio entre el ahorro, el trabajo y la empresa.

Si el gobierno de esta nación ideal estuviera aislado en el mundo, no podría esperar nada más para su mejor economía, porque su profundo saber, lo haría intervenir oportunamente para equilibrar entre sí los tres términos del Trinomio Económico, no por medio de tijeras, sino de medidas oportunas que su sabiduría sabría dictar.

Pero como este aislamiento no es posible concebirlo hoy, ocurre que este gobierno ideal, tendría que sufrir la influencia de gobiernos y naciones extranjeras.

Y dado que éstas, en general, se hallan muy lejos de aquella perfección que habíamos imaginado, la imperfección de ellas, de inmediato, perturbará a aquella nación ideal, obligando a su gobierno al cruel recurso de las tijeras.

Hallándose en esta disyuntiva ¿no hallará esta nación otra forma de salvación?

Contra las influencias perturbadoras externas de las otras naciones, cada nación vigila hoy a su pueblo, con el mismo celo con que una madre pretende defender a sus hijos de la nefasta influencia de los malos compañeros.

Y como toda personal amenazada por los gases asfixiantes del exterior, se apresura a cerrar puertas y ventanas, sin reflexionar que después de cierto tiempo, agotado el oxígeno, el aire se habrá tornado irrespirable y mortífero, asimismo las naciones, parapetándose en el proteccionismo, han logrado, en verdad, un momentáneo alivio, pero han descuidado lo que perdían por aislarse y renunciar a las ventajas que el cambio proporciona a la humanidad.

Contra los proteccionistas se rebelan los liberales, que aprovechando el espectáculo lastimoso de los daños provocados por el proteccionismo, quieren abrir puertas y ventanas, desafiando los gases asfixiantes.

Y los gobiernos de todas las naciones del mundo, sin excepción, frente a esta alternativa, no han podido adoptar más que soluciones de compromiso, que nunca han solucionado el problema.

La Economía Racional, según vamos a ver, indica claramente el rumbo de la solución.

Consideremos inicialmente los Trinomios Económicos de dos naciones: A y B, en relación entre sí, pero aisladas de todas las otras naciones.

Si hay entre ellas la llamada balanza comercial de pago, los cambios, entre sí, se efectuarán según este gráfico.

En este caso hay un trueque –aun cuando sea por medio de monedas, que, al fin, tienen que volver a su país- de bienes con bienes.

Solamente actúan los ahorristas, que sin embargo, a su vez, truecan en el interior de las naciones, con servicios y títulos nacionales, los bienes recibidos del exterior.

Antes de la guerra, a veces, se podía realizar un gráfico algo mejor, entre algunas naciones, pero siempre con muchas limitaciones.

Este gráfico muestra que no sólo se cambian los bienes entre A y B, sino que se cambian bienes de A con títulos de B, y también bienes de B con títulos de A.

Ver gráfico.

Es decir, que los ahorristas de A han hecho inversiones en B, enviando sus bienes, y los ahorristas de B han hecho inversiones en A, enviando sus bienes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En total: A y B han enviado bienes y títulos nacionales, y han recibido bienes y títulos extranjeros.

Si una nación, por ejemplo A ha enviado más bienes que títulos, se dice que A es una nación exportadora; en cambio B se llama importadora.

Se dice también que A tiene una balanza favorable y B desfavorable. Pero esta expresión no es exacta, porque da la sensación de que siempre sea un mal importar más de lo que se exporta. ¡No es así!

Por ejemplo: si Argentina obtuviera en el exterior sin contraparte política un préstamos de diez mil millones de dólares al 1% anual –que es a nuestro parecer lo que necesita del exterior para su desarrollo integral-, los prestamistas no enviarían dólares, sino mercaderías, y por mucho tiempo Argentina tendría una balanza desfavorable; pero eso no sería un mal sino un bien. ¡El mayor bien que puede desearse hoy a Argentina!

¡La Fundación Hallesint realizará este milagro!

Si por último, consideramos a todas las naciones del mundo unidas por medio del mercado mundial, podemos trazar el gráfico siguiente:

Ver gráfico.

¡Lástima grande que hoy este gráfico sea tan sólo algo teórico!

Ni siquiera antes de 1914, es decir, antes de las dos guerras recientes, el intercambio mundial actuaba en esta forma.

Entonces había, sí, un vasto intercambio comercial, pero éste era frenado por las balanzas de pago, que no consentían compensar excedencias de importación con títulos nacionales, pues éstos, salvo pequeñas excepciones, no tenían circulación mundial.

Los préstamos eran solamente de naturaleza política, como ocurre también hoy, aunque los rubros hayan cambiado mucho en la actualidad; y en concreto, aquel intercambio, también entonces estaba reducido y asfixiado.

Ahora preguntémonos:

Antes de 1914, mientras los pueblos estaban en paz, las monedas tenían entre sí un cambio casi fijo, la técnica se desarrollaba con ritmo acelerado, y el optimismo de los pueblos llegaba a proponer el desarme mundial, junto con el derrumbamiento de toda barrera ¿por qué no era posible actuar en un mercado mundial como el indicado en el gráfico de página ….?

La contestación de esta pregunta constituye la plataforma teórica que la Economía Racional ofrece para demostrar que la Fundación Universal Hallesint representa el verdadero Gobierno Económico Mundial.

El mercado mundial de bienes presentes y futuros, no existe hoy, ni existía antes de 1914.

Los que existían y existen hoy, son los cambios de bienes presentes entre las naciones.

Por medio de estos cambios, sin embargo, se puede llegar a un equilibrio estático del intercambio mundial, aunque sea de los bienes presentes solamente.

Pero eso no significa que también cada nación llegará a una posición de equilibrio. Habrá un grupo de naciones que quiere –porque lo necesitan para su desarrollo- comprar algo más, pero no tienen nada que ofrecer a precios convenientes; y habrá otro grupo de naciones que quiere vender lo que necesita el primer grupo, pero no efectúa el cambio porque aquel grupo no puede pagar.

Sin embargo, si el primer grupo pudiera pagar mañana los bienes excedentes hoy del segundo grupo, ya sea con su producción normal, ya sea con la mayor producción obtenida, justamente por medio de los bienes que ofrece hoy el segundo grupo, se podría realizar un préstamo internacional entre bienes presentes –del segundo grupo- y bienes futuros –del primer grupo-.

Estos bienes futuros, cuyos símbolos hemos llamado títulos, tendrán una característica diferente de los bienes presentes; estos bienes son definidos merceológicamente, mientras los títulos son expresados en moneda.

Ahora bien: ¿en qué moneda tendrá que ser expresada esta oferta futura de los títulos?

He aquí el punto crítico, el obstáculo fundamental que impide el trueque de los bienes futuros de los empresarios de una nación, con los bienes presentes de los ahorristas de otra nación.

Como antes de 194, ahora también se hacen préstamos, pero siempre es la política quien decide.

Los préstamos de naturaleza exclusivamente financiera, antes de 1914 constituían ya una excepción.

¡Hoy sería absurdo, no sólo proponerlos, sino pensarlos!

Los préstamos anteriores a 1914 se realizaban por parte de una nación exportadora, con sus colonias o con países satélites, donde circulaba la moneda de la madre patria –área monetaria-.

Y cuando una nación se desarrollaba industrialmente y quería exportar, pedía el espacio vital, es decir, buscaba colonias o países satélites donde poder actuar con su moneda –verbigracia: Alemania, Italia, Japón, etcétera-.

También realizaban préstamos aquellas naciones que desde tiempo atrás tenían entre ellas una paridad monetaria –América, Inglaterra, Francia, etcétera-: pero el prestamista, por préstamos a largo plazo, imponía siempre la condición de recobrar su dinero en su moneda –o en oro, por lo menos-.

Todo eso nos sugiere la hipótesis de que además de la garantía, el obstáculo fundamental a los préstamos internacionales, sea la duda o el temor de no poder recobrar el préstamo en la misma moneda prestada.

Los préstamos internacionales, por lo tanto, serían más factibles, además de la garantía, por medio de una moneda única, de una moneda firme, de una moneda universal.

Esto está comprobado por el hecho de que en el interior de cada nación, los préstamos públicos y privados se desarrollan con relativa facilidad, también hoy, por ser única la moneda nacional, aunque ella no mantenga firme su poder de compra; antes bien, como hemos visto, está fatalmente condenada a devaluarse.

Por lo tanto, se entrevé la posibilidad de llegar al mercado mundial de los bienes presentes y futuros, como indica nuestro gráfico, por medio de una moneda de circulación mundial.

Pero, ante todo, ¿será posible hallar esta moneda que hoy no existe y que todos afirman que no puede existir?

Consideremos el gráfico siguiente, donde hemos indicado los valores de un dólar, durante cien años.

Si el valor, poder de compra, de un dólar, en el tiempo, se mantuviera constante, se podría representar con la línea horizontal: dólar a valor constante.

Si, en cambio, su valor se reduce paulatinamente en el tiempo, como hemos ilustrado, se puede representar con la línea graduada y la línea de puntos.

La línea graduada, "dólar que se devalúa en el tiempo", corresponde a los valores oficiales de la paridad monetaria, que los gobiernos periódicamente establecen, mientras la línea de puntos corresponde a los valores efectivos del poder de compra, cada vez más reducido, que el pueblo averigua diariamente en el mercado.

Pero, si invertimos el dólar a interés compuesto, su valor irá creciendo continuamente, adquiriendo valores que se pueden calcular muy fácilmente, y que en el gráfico se representan con una curva exponencial

Denominada: valor nominal de un dólar invertido a interés compuesto.

La curva va creciendo en medida exagerada. ¡Hemos visto ya que un dólar después de quinientos años, alcanzaría el valor de cuarenta mil millones de dólares!

La devaluación interviene, y continuamente reduce estos valores astronómicos. Cada devaluación, en nuestro gráfico, hace bajar el valor alcanzado, que no obstante eso, vuelve en seguida a adquirir valores crecientes, como lo demuestra la curva quebrada: valor real de un dólar invertido a interés compuesto y devaluado.

En realidad, el mercado nacional atenúa estas oscilaciones, realizando la curva punteada que, en concreto, sigue el mismo rumbo con la misma marcha de la curva quebrada.

Examinando nuestro gráfico, tenemos que completar: El dólar, como cualquier moneda nacional a valor constante, hoy no existe. El valor real del dólar, que pierde cada día más su poder de compra, pese a su alta cotización, demuestra que ésta es la realidad actual. No es falla de los gobiernos; es una ley fatal, consecuencia del mecanismo económico imperfecto, y a su vez, causa de grandes injusticias.

Si ahora consideramos el valor nominal creciente de un dólar invertido a interés compuesto, nos encontramos con algo alarmante. Frente a la devaluación, a la baja del valor real de un dólar, aun cuando llegue también hasta cero, es decir, hasta la pérdida total del poder de compra del dólar, comprobamos la ganancia de muchos dólares, de cantidades astronómicas de dólares.

¡Por lo tanto es muy oportuno que intervenga la devaluación!

Cabe notar que, si después de quinientos años, la devaluación hubiera alcanzad a reducir el valor del dólar a un cuarenta mil millones de veces menos de su valor original –cosa totalmente ajena a la realidad- comprobaríamos, simplemente ¡que nuestro dólar con sus intereses habría mantenido su valor inalterado y nada más!

Repetimos: ¡habría mantenido su valor original!

Por lo tanto, las inversiones constituyen –no obstante la devaluación- un aumento continuo de riqueza de parte de los ahorristas, es decir, de una clase social cuyo enriquecimiento no es merecido, porque el ahorrista inerte, -que no se puede confundir con el empresario activo- nada produce.

Por eso, aunque los valores astronómicos debidos al interés compuesto sean reducidos por la devaluación, la zona del rédito ilusorio, como se ve en el gráfico, queda, además de una zona, cuya naturaleza es todavía parasitaria, y representa, como vamos a ver, algo sustraído a las otras clases sociales, es decir, algo que pertenece a los pobres (Hacienda de la Pobreza) que la Fundación Universal Hallesint se encarga de evidenciar y corregir.

Esta zona parasitaria, cuya existencia nadie había demostrado hasta la fecha, con un procedimiento tan asombroso como sencillo, la Economía Racional logra aprovecharla para su creación de la moneda universal.

En efecto: busquemos realizar la compensación de la devaluación con el interés.

Compremos un bono de Estado de 1.000 dólares, y cada año, invirtamos los intereses cobrados en la compra de otros bonos, es decir, hagamos una inversión a interés compuesto.

Después de muchos años, vendamos todos los bonos y midamos el poder de compra del dinero cobrado en esta venta.

Podremos constatar que nos será posible comprar más –pero no mucho más- de lo que podríamos comprar hoy con 1.000 dólares. Entonces, no sólo habremos logrado el éxito de quedarnos con una moneda no devaluada, sino que, además contaremos con una pequeña ganancia.

Entonces ¡el sueño de una moneda a valor constante ya pinta como una promisoria realidad!

Claro está que una moneda como ésta, soluciona el problema en una forma muy imperfecta y torpe.

Tenemos que considerar más títulos juntos y actuar en más naciones, para lograr una compensación mayor y evitar riesgos particulares.

Por lo tanto, consideremos todos los títulos del mundo, ya de naciones muy desarrolladas, donde la moneda es más firme, pero la tasa de interés es reducida, ya de naciones todavía no sólidamente constituidas, que tienen monedas débiles, pero dan intereses elevados.

Todos estos títulos, después de un año tendrán un valor nominal mayor por la maduración de las utilidades. Por otro lado, el poder de compra de algunas monedas habrá bajado: en total, el poder de compra actual correspondiente a esta masa de títulos ¿será mayor o menor que el poder de compra inicial?

No puede ser menor, porque el ahorrista mundial –equivale a decir, la totalidad de los ahorristas- con su sensibilidad colectiva, no aceptaría tasas de interés que pudieran llevarlo a una pérdida, y que mañana no indujera a nadie a hacer más préstamos.

Entonces ¡el poder de compra actual de la masa considerada, tendrá que ser mayor que el inicial!

¿A quién pertenece este sobrante?

Los ahorristas lo reclaman para ellos, justificándolo con riesgos, privaciones y coparticipaciones, y lo cobran como interés.

Los empresarios –hoy ellos lo han pagado- lo reclaman citando el caso de intereses muy elevados.

Los trabajadores –en apariencia ellos nada han pagado- lo reclaman hace tiempo. Hablan de una plusvalía que los empresarios han pagado erróneamente a los ahorristas, siendo que les pertenecía a ellos.

La Economía Racional contesta satisfactoriamente a todos.

Este sobrante, que en el gráfico está indicado como Hacienda de la Pobreza, y que representa el montón de los intereses depurados de las devaluaciones, tiene una característica muy notable que vamos a ilustrar.

Consideremos en nuestro gráfico las tres líneas curvas –dos arriba y una debajo de la línea horizontal- y no consideremos las dos líneas quebradas, que no son reales, ya que solamente tienen referencia a los valores oficiales de las monedas.

Estas tres líneas curvas están relacionadas entre sí.

En efecto; el análisis de la historia monetaria demuestra que si en una nación la moneda es débil, es decir, tiende hacia la devaluación, la tasa de interés tiende hacia valores más altos. Contrariamente a esto, en las naciones donde la moneda es más firme, las tasas de interés son más bajas.

Esta verdad podemos indagarla también hoy, no obstante el caos monetario mundial, examinando todas las monedas del mundo.

Por tanto; si la curva de la devaluación de almoneda baja mucho, la curva de la inversión sube en demasía.

Y viceversa.

Entretanto la tercera curva, la intermedia, que representa la compensación de las otras dos, no se desplaza mucho, antes bien, queda casi firme.

Esta curva toma, en la Economía Racional, el nombre de Invariado Monetario.

La curva del Invariado Monetario no es fija en todo tiempo y en todo lugar; antes bien, la Economía Racional procura y logra bajarla lo más posible, afirmando que la baja de esta curva constituye la esencia del actual problema económico mundial.

Para aclarar esta verdad, cuyo alcance económico trascendental todos tendrán que reconocer, ilustremos ante todo la naturaleza parasitaria de la zona llamada Hacienda de la Pobreza, enmarcada entre la línea del Invariado Monetario y la Horizontal, es decir, del sobrante de la moneda invertida, y que hoy es pagada en carácter de interés por la empresa al ahorro.

El ahorro hoy cobra este sobrante, afirmando que él es la compensación de riesgos y privaciones, y la coparticipación en las ganancias de la empresa.

Al estudiar el mercado, hemos examinado y computado ya estas pretensiones del ahorro; sin embargo ahora vamos a enfrentarlas otra vez con otras consideraciones.

Hemos visto, en efecto, que este sobrante, que es consecuencia directa del interés depurado de la devaluación, no tiene su raíz ni en los riesgos, ni en las privaciones, ni en la coparticipación, porque existe hoy también, aún cuando los riesgos están respaldados con garantías, aún cuando no hay privaciones por tratarse de ahorro de previsión o de sobreproducción, y aún cuando no hay coparticipación, porque el ahorrista ni siquiera sabe donde ha llegado, o cuanto ha producido su ahorro, que él ha entregado a un Banco cualquiera o al Estado.

Ya llegaremos a comprobar que este sobrante, es sólo una extorsión del monopolio del ahorro, que se hace capital, frente a la empresa que se lo pide para invertirlo.

El precio de esta extorsión es pagado por los empresarios, que a su vez lo cobran, todo o en parte, de los trabajadores.

Cuando los trabajadores se rebelan y logran cargar todo el peso de dicha extorsión a los empresarios, la empresa languidece y surge la desocupación, que anula a los trabajadores al quitarles la posibilidad de luchar.

Por lo tanto, este sobrante está siempre a cargo de los trabajadores, ya cuando lo pagan directamente a los empresarios, ya cuando lo pierden junto con el salario, por no poder trabajar.

Justamente lo hemos llamado Hacienda de la Pobreza porque representa la opresión constante que el monopolio del capital, carga sobre el trabajo, condenándolo a pobreza perpetua.

Un apólogo nos ayudará a entender mejor todo lo que hemos ilustrado:

Un matrimonio formado por Juan y María, vivía tranquilo en un pueblo. Juan trabajaba –trabajador- y María destinaba el salario de Juan para los gastos de la familia, pero, guardaba una parte de él, en previsión de la vejez –ahorrista. Con dichos ahorros compraba de tiempo en tiempo, un pequeño lingote de oro que guardaba celosamente.

María veía acrecentarse sus bienes poco a poco, y feliz, no deseaba ni pedía otra cosa. Pero un día, Juan le propone que ella le ceda su pequeño tesoro para comprar unas máquinas, y trabajar por su cuenta –empresario-.

María reacciona llena de miedo.

Para defender su tesoro, ella habla de riesgos posibles, y Juan le ofrece, para tranquilizarla, la garantía de un amigo suyo, muy acaudalado, que confía mucho en él.

Temerosa, la mujer habla de sus privaciones, pasadas para hacer posible aquel ahorro; pero Juan le promete que sus sacrificios, no serán perdidos.

Casi convencida, -en fin-, ella reclama desde ya su derecho a gozar de las ganancias de la empresa; pero Juan le demuestra que éstas serán la compensación a su esfuerzo, a su habilidad, y aun a los riesgos que él y no ella corre por su exclusiva cuenta.

María no cede, ni renuncia a sus pretensiones, porque está convencida de que sus lingotes son la fuente de las futuras ganancias, y por esta razón de incomprensión, el negocio no se realiza.

María se queda con sus lingotes, y Juan vuelve a trabajar, resignado a no poder salir nunca ni él, ni ella, de su medianía.

Este matrimonio representa la economía actual.

La Empresa no logra aprovechar adecuadamente el ahorro, que por su monopolio, impone un interés insostenible. La Empresa no se desarrolla, y el trabajo es la víctima inmediata, porque por falta de empresarios no aumenta el pedido de trabajadores, provocando la desocupación y reducción de los salarios reales –no monetarios- es decir, la pobreza.

La deletérea influencia de aquel sobrante queda bien ilustrada por nuestro apólogo, que aún más, logra justificar ampliamente el nombre de Hacienda de la Pobreza.

La Hacienda de la Pobreza se manifiesta como una fuerza negativa, deletérea, constante, que contrasta y resiste al Trinomio Económico.

Si embargo, hay algo más que poner en evidencia.

En efecto; la compensación entre el interés y la devaluación, como hemos ilustrado ya, no es simultánea, y menos aún lo son las otras reacciones de las mayorías empobrecidas contra las minorías enriquecidas, y por lo tanto, aquella curva de la gráfica que se desarrolla tan suavemente, es la resultante de violentas oscilaciones. Exactamente como ocurre en la mar embravecida, donde un barco se sacude a merced del viento y las olas, y sin embargo, sobre el mapa su trayectoria se marca con una línea recta. Empero… ¡cuántos vaivenes y altibajos ha sufrido el barco en cada punto de aquella difícil trayectoria!

Análogamente, la curva del Invariado Monetario esconde en cada uno de sus puntos, no sólo el drama ya de por sí tremendo de la devaluación, sino motines, guerras, revoluciones, expoliaciones, persecuciones raciales, etcétera, consecuencia fatal del absurdo, injusto, odioso y trágico efecto del interés, que el ahorro, erigiéndose en capital, cobra con la fuerza de su monopolio.

Estos altibajos económicos no pueden producirse con gran rapidez, porque los efectos negativos y nefastos del interés en cada país, en los primeros años son amortiguados por las reservas económicas del país, después encarados con leyes especiales y en fin tolerados heroicamente por la infinita paciencia de los pueblos, hasta que una chispa en el interior o desde el exterior, provoca las reacciones en la forma que hemos ilustrado y otras muchas, todas simbolizadas por la devaluación que tiene un solo blanco: el capital.

¡Estalla la crisis!

Los llamados economistas, que no entienden este fenómeno ni aun menos la explicación que de ello da la Economía Racional pero notan una repetición frecuente y casi periódica, hablan de ciclos económicos, y buscan su explicación –hasta en las manchas del sol- sin lograr el menor éxito.

De tantos libros, revistas, lecciones de sesudos profesores todos especializados en ciclos económicos, no se puede sacar no diremos la menor utilidad práctica, sino el menor vislumbre científico.

¡Qué lastimoso espectáculo!

Cuando una moneda está acuñada en oro o en plata, y a su vez estos metales no bajan en su valor frente al mercado, claro está que tampoco puede bajar el valor de aquella moneda.

En este caso, si la tasa de interés tiene valores elevados, la situación del deudor se torna absurda, pues –invariado monetario- se pueden pagar intereses elevados, en las inversiones corrientes, sólo cuando se pagan con moneda devaluada.

La situación absurda de los deudores provoca, a su vez, un desequilibrio social siempre muy peligroso.

Veinticuatro siglos atrás la moneda romana –el dinario en plata- tenía un valor muy estable; por otro lado la XII Tablas permitía tasas de interés del 10% ; la consecuencia, a la luz de la Economía Racional, resultaba muy previsible. En efecto, tuvo que producirse una situación insostenible a cargo de los deudores, que ser reunieron casi en un gremio, y actuaron en forma unitaria; hasta que en el año 495 ninguno de ellos, concurrió a las armas, y el cónsul Publio Servilio; tuvo que ¡suspender toda medida contra los deudores!

Y cuatro siglos después Octaviano, todavía aún no emperador Augusto, se enfrentó con una situación parecida, y no encontró solución mejor que la de perseguir a los más ricos de los acreedores ¡aboliendo por ley todas las deudas!

Más razonable, en cambio, se demostró el cruel Nerón, un siglo después, frente a la renovada formación de la clase de los acreedores, que se acrecentaba en forma aplastante, por el interés junto con la moneda firme.

Nerón tuvo el coraje y la sabiduría de desvalorizar el sestercio, reduciendo su contenido metálico en plata, no obstante el deslumbrante embrujo, que entonces provocaba en todo el mundo la moneda imperial, pero logrando así aliviar el insostenible gravamen a cargo de los deudores.

Lo mismo hizo Roosevelt con el dólar en 1933.

La devaluación monetaria logra subsanar momentáneamente el mal provocado del interés monetario, sin embargo nada puede hacer contra el interés no monetario, es decir contra las desmedidas ganancias que en forma de participación, utilidades, alquileres, etc. obtiene el capital por su monopolio de hecho.

En este caso estalla la reacción social de las clases oprimidas.

La emancipación de las colonias, que no siempre corresponde a su maduración política; la revolución francesa que no es toda obra de los enciclopedistas; la persecución de los jesuitas, que no tuvo contenido antirreligioso; la lucha antisemita, que no es sólo una reacción racial violenta y cruel; la expoliación comunista, que muchos consideran todavía como una transitoria aventura de la humanidad; y muchos grandes acontecimientos históricos no sólo revelan su contenido netamente económico, sino que denuncian constantemente el drama social, debido al interés no monetario, que hace desplazar la riqueza cada día más, hacia el capital, siendo por lo tanto el interés causa esencial del "pauperismo" es decir de la más cruel injusticia social.

Y entonces, si la moneda firme –que todos justamente ansían- junto con el interés –que es una realidad innegable- son las causas del drama social ¿dónde podrá buscarse la solución?

La contestación a esta tremenda pregunta, en forma elegante, concreta y terminante la ofrece la Economía Racional, pro medio del "milagro" de la Fundación Universal Hallesint.

Volviendo al gráfico del Invariado Monetario, observemos que, aparte del sobrante, cuya naturaleza hemos ilustrado, lo que queda constituye un ancladero absolutamente firme para la determinación de una moneda de cuenta, a valor constante, ajena a todo metal y libre de cualquier gobierno, cosa que nadie ha creído posible obtener.

Esta moneda que parece una concepción teórica, constituye, en realidad, un descubrimiento concreto, porque esta moneda se puede crear de inmediato y sin la intervención de los gobiernos, mejor aún ¡para ofrecérsela a ellos!

En efecto; no se precisa comprar todos los títulos del mundo, para lograr aquella compensación y llegar a la moneda estable.

Basta comprar la mitad de aquellos títulos, la tercera parte, la milésima, la millonésima parte, a condición de comprar fracciones iguales por cada emisión en cada nación.

La tasa media final de interés, y el porcentaje de la devaluación quedan inalterados.

Esta unificación suprema de todos los títulos, de todas las inversiones del mundo, puede ser obtenida por parte de cualquier Banco.

Supongamos que un Banco, después de haber invertido, por ejemplo, un millón de dólares en la compra de títulos cotizados de todas las emisiones del mundo, con el procedimiento que hemos indicado, emite y vende un millón de símbolos, al precio de un dólar cada uno, bajo promesa y garantía absoluta de no vender nunca aquellos títulos que habían comprado justamente en carácter de garantía.

Cada símbolo del valor de un dólar, tendrá siempre una garantía equivalente, no sólo de un dólar, sino del valor actual de un dólar, es decir, que valdrá más que un dólar si esta moneda, como es muy probable, baja dentro de unos años su valor.

Por lo tanto, los que buscan una moneda universal estable, podrán efectuar el intercambio mundial por medio de esta nueva moneda, mientras el Banco emisor, no sólo habrá recobrado con la venta de sus símbolos el millón de dólares gastado en la inversión, sino que logrará, a perpetuidad, la diferencia entre el valor constante de la masa de sus símbolos y el valor creciente de su inversión mundial.

Esta moneda universal no tiene nada de irrealizable, pero nuestra presentación, no constituye una propuesta práctica. Quiere sólo demostrar que el Problema de una Moneda con poder de compra constante, no es una utopía ni está fuera de la realidad; no presupone reformas políticas, no quiere guerras mundiales, y no necesita la transformación moral ni espiritual de los hombres.

Sin embargo, no es esta la moneda que ofrece la Economía Racional.

Para llegar a la verdadera moneda universal, tenemos que solucionar muchos problemas prácticos, cuya enunciación asustaría a los más audaces investigadores, que se detendrían desalentados, renunciando a la ímproba tarea.

Todos estos problemas prácticos son resueltos por la Fundación Universal Hallesint, que no sólo ofrece una solución, sino la solución más simple, más equitativa, más pura.

En este mundo decepcionado y desconsolado, que no espera ya nada de la ciencia económica, y que marcha a la deriva y sin timón hacia un cataclismo que presiente sin hallar los medios para oponerse a él; en este mundo envilecido materialmente, y en esta hora de desorientación total, nadie sospecha que de un día para otro, sin gastos ni riesgos, sin peligros ni compromisos, se puede instituir una Entidad supernacional, Símbolo de justicia económica y garantía de infinito progreso y desarrollo de la humanidad: LA FUNDACIÓN UNIVERSAL HALLESINT.


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